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sábado, 15 de agosto de 2015

Lady Aryse (vi). La maravillosa cabalgata

La singular comitiva ya había generado toda clase de rumores, relatos y expectativas. En varios lugares ya se le mencionaba como la gloriosa comitiva o la cabalgata maravillosa. Arribaron a la fortaleza Vurathi según lo esperaba Lady Aryse, al anochecer.

Una extraña formación de gentes, animales, vestimentas y colores muy diversos se aproximaba lentamente a las puertas del Castillo de la casa de Q’nar. Por encima de esos detalles, Lady Aryse prestó particular atención al líder del extraño grupo. Más alto que la mayoría de los hombres que había conocido, incluyendo su propio hermano, el más alto entre la gente de Vurathi, parecía deslizarse junto con su montura un hermoso caballo de pelaje dorado y poderosa estampa. Aquel jinete no la miraba, pero podía sentir la fuerza de sus ojos sobre los suyos, como si estuviesen frente a frente.

- No debe temernos, mi señora. - La voz de aquel extraño resonó con gentil firmeza en su mente. - Sólo estamos de paso y la mitad de las cosas que se dicen sobre nosotros son mentira. La otra mitad … la otra mitad, sólo exageraciones. Traemos noticias, sabiduría y algo de ayuda. No han sido tiempos tranquilos ni agradables, no solo para vosotros aquí en Vurathi, sino para muchos otros lugares, cercanos y lejanos.

La sensación de calma y confianza que le pareció recibir en las palabras del forastero, le hicieron sentirse incómoda. Sacudió su cabeza e inspeccionó, ligeramente nerviosa, la empuñadura de su espada. Entonces pudo darse cuenta. Un torbellino de ideas se apoderó de su mente, pero logró mostrarse lo más sosegada que pudo. Estaba en las puertas de la fortaleza. Había bajado desde la muralla sin darse cuenta, sin conciencia de sí. Al mirar a su alrededor, comprendió que todos a su alrededor tampoco tenían muy claro cómo habían llegado hasta las puertas, desde los lugares en dónde se encontraban hasta hacía algunos instantes.

- Mi nombre es Eham, mi señora. – Dijo el líder de los forasteros. Lady Aryse escuchó la misma voz que había escuchado en su mente antes, cuando aún la comitiva no estaba cerca del puente levadizo de la fortaleza.

Un segundo jinete se acercó sobre un elegante corcel negro. Sus ropajes no dejaban lugar a duda. Se trataba de un habitante de la ciudad de Fyur. Camisa y pantalones oscuros, chaleco de piel y una banda de cuero en el cuello.

Venimos bajo el manto de la noche, pero traemos claridad en nuestras intenciones y únicamente entregamos paz a quienes nos reciben con los brazos abiertos y el corazón dispuesto. Mi nombre es Vlidam Takeno, amo de las palabras. Mercenario y poeta de la ciudad libre de Fyur.

Lady Aryse aún no lograba articular palabra, pero su desconfianza crecía con cada instante que pasaba. A su alrededor, Taari el viejo, Pheshog, Wimrdä, Nugurtha e incluso el joven Thigald se preparaban para la refriega que estaba por comenzar. Arriba en las almenas, los arqueros vigilaban, sus flechas apuntando desde sus arcos tensados. La Guardia de la fortaleza, Vurathi-kog, estaba lista para proteger a Lady Aryse y hacer gala de su valentía frente a aquellos intrusos.

Aquel que se hacía llamar Eham habló de nuevo.

- Gente de Vurathi, valerosos hermanos. – Su voz pareció elevarse y alcanzar a todos aquellos presentes en Vurathi-kog. – No hemos venido a traerles más guerra, tampoco sufrimiento. No venimos a conquistar ni a engañar, no venimos a robar ni a traicionar. Estamos de paso, no nos quedaremos, pero necesitamos permanecer entre ustedes algunos días. Ustedes necesitan de nosotros aunque ustedes aún no lo saben. Traemos canciones, traemos nuevas, traemos conocimiento y algo de esperanza. Si sus corazones y sus mentes están dispuestos, será mucho lo que dejaremos entre ustedes.

Lady Aryse Stormglance pareció comprender un mensaje secreto en las palabras de Eham. Había firmeza, pero también había certeza y melancolía en su voz. Eran las palabras de un guerrero incansable que, sin embargo, comenzaba a sentir la posibilidad de la derrota. Era la misma extraña sensación, que la había invadido en la batalla contra las huestes de Dhangor Blekka. La misma sensación que inundó su mente al pensar en los Wyverns que acompañaron, primero a los Filbatha y luego a Blekka. Aún sentía recelo, pero decidió confiar en aquel que se hacía llamar Eham.

- ¡Gente de Vurathi! – Habló entonces Lady Aryse Stormglance. – Daremos la bienvenida a estos forasteros que nos visitan. Demuestren la bien conocida hospitalidad de Vurathi con aquellos que vienen en paz y en paz se retiran de nuestras tierras. Algo me dice que hay verdad en las palabras que recién escuchamos. No teman. No duden. Yo, Lady Aryse Stormglance, Señora de la Casa de Q’nar, prometo que será una visita provechosa y que los protegeré de cualquier daño que pudiese llegar de manos de estos visitantes o de otros. ¡Gellam Tanatur Vurathi!

Era lo que todos esperaban. Nadie en Vurathi quería más muerte, ni más dolor. Apenas estaban recuperándose de los ataques de los Filbatha y de las huestes de Blekka. Las cosechas comenzaban a brindar suficiente para comerciar con los señoríos más cercanos y lograr intercambios con grandes beneficios para Vurathi. Cuero y vestidos llegaban desde Dirbah, buen acero desde Vilant, alumbre desde Herom, estaño y plata desde Karon, incluso algunas joyas elaboradas en la lejana Sharaz. Había canciones en las tabernas y nuevos llantos de bebé en la mayoría de las moradas de los Vurathinii. Los tiempos habían mejorado y realmente nadie quería batallas, sangre ni gloria, si era posible evitarlo.

Agradecido mi Señora. - Habló nuevamente Eham. - Estoy seguro habéis tomado la mejor decisión.

- Habla sinceramente. – Pensó Lady Aryse.

- Estaremos en Vurathi solo el tiempo necesario y esperamos ser recordados como hermanos, una vez que nos alejemos de vuestras tierras. - Culminó Eham.

- Mi Lady Aryse. - Volvió a hablar Vlidam Takeno, el Fyurense, mientras Eham sonreía. - Aún debemos compartir con ustedes una noticia más. Aún no está completa nuestra comitiva.

Eham hizo una señal y otro de los miembros de la “cabalgata maravillosa”, un Turvendino de rostro cerrado, hizo sonar su cuerno. El suelo bajo los pies de Lady Aryse y su gente comenzó a temblar. Dos enormes figuras aparecieron entre los árboles del bosquecillo cercano.

- Son Ergan y su hijo Trog. Gigantes de la isla de Masxut. Con ellos también se acerca Slaura y sus lobos. - Explicó Eham.

Una joven de aspecto muy peculiar apareció detrás de los gigantes, seguida por una gran manada de lobos. Eran grandes, majestuosos y tranquilos. Más de una veintena de fieras lideradas por una joven casi desnuda.

- Ella es Slaura, mi Lady Aryse.- Continuó Eham. Ella y sus lobos se quedaran afuera. Erga y Trog también. Están acostumbrados.



Finalmente, quince jinetes, dos carros y cuatro perros cruzaron el puente levadizo y entraron en Vurathi-kog. Cada uno de los miembros de la comitiva saludó a los presentes al entrar. Un saludo sencillo, formal y trascendente. Muchos en Vurathi aún recuerdan esa noche, ese saludo.

Lady Aryse encargó a Pheshog de la estadía de la extraña comitiva que acababa de cruzar las puertas de la fortaleza. Taari el Viejo, quedó a cargo de Slaura, los lobos y los gigantes de la isla de Masxut. Eham fue el último en pasar. Se detuvo un momento y le habló a Lady Aryse.

- Mi señora. En verdad os agradezco vuestra voluntad y vuestra hospitalidad. No os arrepentirás Lady Aryse Stormglance! – Dijo emocionado.

Lady Aryse no estaba segura de comprender aún todo lo que estaba sucediendo. Pero su intuición le decía que aún faltaba mucho por descubrir sobre la “cabalgata maravillosa” y sus efectos sobre la gente de Vurathi y el destino de la casa de Q’nar.

Extraños tiempos comenzaban a transcurrir. De eso estaba segura. Algo se había puesto en marcha. Algo que definiría el futuro no sólo de Vurathi, sino quizás de todo el continente e incluso más allá de los mares circundantes.

domingo, 14 de junio de 2015

Lady Aryse Stormglance (v)

La gloria sobre la propia muerte. Recordaba Lady Aryse mientras contemplaba los campos cultivados que se extendían desde el sotobosque hasta las orillas del río. Tres inviernos habían ya dejado su huella sobre esos mismos campos desde el ataque de las huestes de Danghor Blekka. No habían recibido palabra nueva alguna sobre el Señor de la Muerte y sus tropas desde que se les vio embarcarse en los puertos norte con rumbo aún desconocido.

La gente de Vurathi comenzaba a prosperar. Los cultivos se fortalecían. Las reparaciones en el castillo estaban casi completas. Las puertas habían sido reforzadas y se habían construido dos nuevas torres de vigilancia con almenas reforzadas y lugar para más arqueros. El puente levadizo también estaba reforzado y su mecanismo había sido mejorado gracias a la ayuda de los Elfos del Bosque Alto. La casa de Q´nar era fuerte nuevamente. Sus tropas podían cuidar caminos y villas. La guardia del castillo era más poderosa que nunca con los nuevos integrantes de la raza de los Enalfos y sus poderosos arcos y relucientes hachas.

Todos los esfuerzos habían estado concentrados en la defensa, la preparación para soportar el nuevo ataque de Blekka. Pero el ataque no había llegado. Eso hacía que Lady Aryse se sintiese incómoda, incluso molesta. Hubiese preferido luchar, vencer o morir. Pero la incertidumbre no le permitía estar en paz, no le permitía sonreír. Mucho menos le permitía bajar la guardia y disfrutar de los manjares que ante ella venían colocando sus sirvientes. Sobre la gran mesa del salón de armas se entibiaba la deliciosa carne de un jabalí. Sus capitanes disfrutaban de perdices asadas y conejos en salmuera y ajo. Frutas, quesos, vinos y cerveza. Todo para celebrar un nuevo año de paz y restauración.

La gloria sobre la propia muerte. La frase se repetía en la mente de Lady Aryse. Igualmente se repetían las imágenes de las vidas perdidas enfrentando a Blekka. Imágenes de muerte y desolación que se mezclaban con las de su padre y hermanos, muertos por los Filbatha hace tanto tiempo. Sólo un elemento en común. Wyverns.

¿Había alguna conexión? ¿Eran los mismos nigromantes? ¿Eran ataques aislados? ¿Trataba alguien de destruir la casa de Q’nar? Las preguntas se agolpaban en su cabeza como rocas que caen de la montaña y encuentran a su paso un gran roble caído. Wyverns. Era muy difícil saber el origen de aquellas bestias que hacía tanto tiempo no habitaban en toda la vasta tierra del continente. ¿De dónde habrían llegado? ¿Volverían?

Las preguntas torturaban a Lady Aryse mientras trataba de ser amable con los comensales que la rodeaban e intentaban animarle. Sólo Taari comprendía que lo mejor era no importunarla. Su señora, Lady Aryse Stormglance de seguro requería concentrar su mente en algo que resultaría muy importante, mucho más importante que aquella deliciosa comida y aquella dulce música que se escuchaba en el gran salón de armas.

Pasaron algunas semanas y llegaron noticias de un grupo de guerreros que recorrían el campo, las tierras de Vurathi allende el Bosque Alto y las cabeceras del río. Un grupo extraño, sombrío y silencioso.

Evitaban a la gente y se movían de noche preferiblemente. Se decía que varias bestias los acompañaban, pero nadie sabía precisar cuáles. No parecían hostiles. No habían atacado a nadie. No habían asaltado ninguna villa ni habían molestado a viajero alguno en los caminos del señorío. No obstante, eran forasteros. Y en Vurathi los forasteros no eran considerados como buenas nuevas.

Lady Aryse ordenó doble guardia en el castillo. Las patrullas aumentaron en las tierras cercanas a la fortaleza. Se enviaron mensajes para advertir a los Elfos de Bosque Alto y a los Enanos de las Cuevas Rotas. Ambos pueblos respondieron reafirmando su alianza con Vurathi.

Una tarde, cuando el sol empezaba a declinar en el horizonte, una patrulla arribó a todo galope a las puertas del castillo. Apenas había desmontado, el cabo que comandaba la patrulla pidió hablar con Lady Aryse Stormglance. Pheshog escuchó la solicitud del oficial mientras caminaba a hacia las caballerizas para revisar a su caballo y decidió acompañarlo para evitar que la Guardia pudiese retardar la llegada del cabo ante su señora.

- Ven conmigo Thigald. Le dijo al oficial - Yo te llevaré ante Lady Aryse.

La encontraron en la torre de la ciudadela, mirando hacia el camino principal desde el borde del muro.

- Mi señora. Se atrevió Pheshog - Hay nuevas sobre la inesperada comitiva.

- Habla Thigald. Respondió Lady Aryse mientras giraba su rostro y miraba directamente, primero a Pheshog y luego al joven cabo.

- Mi lady Aryse. Se dirigen hacia el castillo - Dijo en tono grave el joven Thigald. Sereno pero expectante al mismo tiempo.

- Sí. Respondió Lady Aryse - Estarán aquí con el anochecer de mañana.

- Con toda certeza mi señora - intervino Pheshog sin salir de su asombro.

- Enviaron un mensaje, Pheshog - dijo sonriendo a su capitán. - Me fue entregado hace poco enviaron un Pájaro Monje. Un ave extraña para esta región, pero es una extraña comitiva así que no fue tampoco una gran sorpresa.

- Preparen todo Pheshog. Habla con Taari, Wimrdä y Nugurtha. Que todos estén dispuestos y alerta. Esta vez no nos pueden sorprender.

La dejaron en la torre de la ciudadela, mirando hacia el camino principal desde el borde del muro. Algo le decía a Pheshog que su señora dormiría poco esa noche. 

Lady Aryse sabía que sus capitanes se preocuparían pero no podía cerrar los ojos ante esta posible amenaza cerniéndose sobre Vurathi cuando apenas comenzaban a recuperarse. Se sentía cansada, pero la llama de la casa de Q'nar no dejaba de arder en su interior. Lucharía hasta el final por su gente y su linaje.

domingo, 11 de agosto de 2013

Aryse Stormglance (ii)

La planicie se abrió ante sus ojos. Hacia ella marchando a paso redoblado, las huestes de Blekka. Su temible líder montaba su famosa yegua negra, Deathwhisper. Su figura sobresalía aún en la distancia. Era más alto que la mayoría de sus hombres y aún más alto que el propio Pheshog, uno de los pocos en superar en estatura a Lady Aryse. Dragonmane pifiaba una y otra vez, impaciente por arrollar hacia la refriega. Se escuchó un cuerno en la distancia, Lady Aryse comprendió que era la señal del enemigo para iniciar la carga. En ese momento sintió la respuesta de su ejército. Uno tras otro gritó hasta construir un solo bramido, un solo y ensordecedor bramido. Taari el Viejo, acercó su montura.

-  A vuestra señal mi Lady – Se colocó el yelmo y cerró la visera. La loriga de su caballo tintineó.
- En cuanto estén al alcance de los arqueros Taari. Quiero seis lanzamientos por arquero y luego que se retiren al esa floresta ahí atrás.
-   Así se hará mi Lady – respondió Taari.

Las huestes de Blekka alzaron su grito de guerra y siguieron avanzando. Cada vez más deprisa pero sin romper formación. Incluso los mercenarios Vasharas mantenían cierto tipo de orden. Se podía sentir la tierra temblando bajo sus pisadas, el choque de metal contra metal, el cuero rozando la piel y las armas.



Los arqueros de Lady Aryse lanzaron la primera andanada de flechas. Muchos de los hombres de Blekka cayeron, pero ninguno aminoró la marcha. Los truenos sonaron en la distancia, pero parecían tímidas estrellas en una noche de Luna llena. Los arqueros lanzaron una segunda y una tercera ronda de flechas. Entonces todo se hizo oscuridad. El Sol pareció ocultarse y Lady Aryse comprendió sus más profundos temores. En el cielo, frente a ella, oscureciendo el día estaba una pareja de Wyverns. Dos enormes leviatanes de color negro con garras color bronce y una enorme punta azul y venenosa al final de sus colas. En la nuca de cada bestia un nigromante. Ambos vestían la típica túnica negra con el símbolo de la Luna Oscura en la cimera. Mesayla fue el primero en reaccionar.

-  Arqueros! Olviden a las tropas! Disparen a las bestias, derriben esas aberraciones! Apunten a los Nigromantes! No pueden protegerse y controlar a los Wyverns al mismo tiempo!

Taari el Viejo continuó dando órdenes pero la confusión ganó unos momentos valiosos a favor de las huestes de Dhangor Blekka y sus bestias de guerra. Dos escuadrones de caballería fueron dispuestos para proteger a los arqueros, los hombres trataron de mantener la formación de águila, pero un par de claros se hicieron evidentes para el enemigo. En esos claros concentraron su ataque los capitanes de Blekka, mientras los Wyverns atacaban al resto de la caballería y a la vanguardia donde la propia Lady Aryse luchaba por mantenerse con vida sobre Dragonmane. Entonces cayeron sobre ellos los mercenarios Vasharas. Semi-desnudos llenos de tatuajes, de espaldas enormes y fuertes brazos, luchaban con mazas y hachas de guerra mientras cantaban canciones de cuna. Así las madres Vasharas preparaban a sus hijos para la guerra. Sus canciones de cuna hablaban de sangre, muerte y destrucción.

Pheshog contraatacó con sus cuatro compañías de piqueros y un escuadrón de caballería, por algunos momentos su ataque tuvo efecto y los Vasharas vacilaron, pero entonces los Wyverns volvieron a barrer con su cola el campo y la mitad de los hombres de Pheshog perecieron o quedaron heridos.

Fue entonces cuando el bravo Mesayla realizó la proeza por la que siempre sería recordado. Tomó su arco élfico y apunto utilizando el aventajado sentido de la vista que había heredado de su madre. Con una flecha de abedul y punta de plata atravesó el corazón de uno de los nigromantes. El mago oscuro murió en el acto y el Wyvern macho se vio liberado del hechizo que lo mantenía mentalmente esclavizado.

El monstruo cayó a tierra matando guerreros de ambos bandos. Luego remontó el vuelo y atacó a su hembra, para derribar al otro nigromante que, utilizando sus últimas fuerzas, logró desaparecer y huir así de la batalla.

Mesayla sonrió y orgulloso buscó la mirada de Lady Aryse. Ese fue su error. Dos guerreros de Dhangor Blekka lo atravesaron con sus espadas y un Vasharas le hundió el cráneo con su mazo. Así terminaron los gloriosos días de Mesayla, el pequeño gigante. Lady Aryse gritó, gritó con todas sus fuerzas y entonces dio rienda suelta a su dolor. El miedo desapareció y la ira tomó su lugar, una ira incontenible que la llenó de fuerza y determinación.

El viejo Taari logró reordenar el flaco derecho y cayó sobre los desconcertados Vasharas que consideraban un terrible presagio la huida de los Wyverns. Los capitanes de Blekka trataron de contenerlos, pero finalmente comenzaron a huir en desbandada. Muchos corrían gritando “¡bellura selflia!” seguros del inminente ataque de una hueste élfica.

Lady Aryse cortaba y tronchaba a ambos lados de su montura y Dragonmane arrollaba a todo el que se cruzara en su camino. La melena roja de Aryse estaba salpicada se sangre y eso le daba un aspecto más aterrador, muchos retrocedían al verla y sólo algunos seguían intentando derribarla. Con la mirada buscaba a Blekka, quería luchar con él, hacerle pagar por la muerte de Mesayla y de tantos de sus hombres. Pero el enemigo no aparecía por ninguna parte. De pronto giró y se encontró chocando su espada, Gilandar, contra la espada de Pheshog.

-     Están huyendo mi Lady – el campo es nuestro.

Ella sonrió. Pheshog le respondió con otra sonrisa, sólo para mirar horrorizado como sangraba el costado de su Lady Aryse. Un gran tajo recorría el torso de la dama desde la axila hasta la cadera y la sangre manchaba sus ropas y la cruz de Dragonmane. Fue lo último que vio Lady Aryse ese día. El terror en la mirada de Pheshog y luego sólo oscuridad. Sus guardias la bajaron de Dragonmane que pareció entender y no reaccionó ante la ausencia de su jinete. Dócilmente se dejó llevar por Pheshog hasta el campamento.

Ese día no hubo canciones. No hubo celebraciones. No hubo festín ni cerveza de brezo. Eran demasiado los muertos. Los amigos caídos llenaban de tristeza los corazones de los vencedores. La pérdida de Mesayla sumió a las tropas en una profunda tristeza y muchos veteranos lloraron en silencio. Los que no lloraban a Mesayla, elevaban sus pensamientos a los dioses y a sus ancestros, para que protegiesen la vida y la salud de su señora, Lady Aryse Stormglance que se debatía entre este mundo y el de los ancestros.

miércoles, 19 de junio de 2013

MEGUM OCMË


Había traspasado todas las fronteras de la vergüenza y el escarnio. Se sabía impuro, detestable. Conocía todas las amarguras de la derrota y su hijo dilecto, el desprecio. Sin embargo, su vida estaba llena de sinsabores, pequeñeces y desconciertos. Su vida estaba vacía. Hacía tiempo que su corazón no daba un vuelco. Hacía mucho tiempo que su risa era un dibujo repetido, una broma contra sí mismo. Ya los sueños no eran posibles y su inspiración estaba hueca.

Todos los intentos por seguir valores e ideales superiores habían resultado en una simple pérdida de oportunidades bajo el yugo de la represión y con el triunfo de la cobardía. No había arriesgado nada. Había evitado indiscreciones, errores, faltas y traiciones, pero no había recibido a cambio sino tristeza y angustia, también alguna que otra burla. Incluso algunas culpas, para nada merecidas, se habían anidado en el corazón de quienes lo rodeaban, acechando constantemente su cotidianidad.

Demasiados años, demasiados mitos, demasiados logros, pero mucho vacío e incredulidad. Lo peor era saber que nadie conocía de sus esfuerzos, de sus gloriosas victorias sobre los impulsos, sobre los deseos, sobre las acciones sin razón que los demás parecían disfrutar con especial fruición.

Ahora sabía que sus intenciones nunca serían valoradas, que sus hazañas jamás serían cantadas ni recordadas. Eran minúsculas, insignificantes y por sobre todas las cosas, desconocidas. A nadie le importaban. Aún aquellos que se habían beneficiado de su fuerza y de su ecuanimidad, no veían en él más que un despojo, un espécimen vacilante de una especie en extinción.  Sus victorias no eran tales, eran sólo pasto para las bestias de la discordia.

Su vida podía ahora resumirse de manera simple y peyorativa. Nada que recuperar. Nada que rescatar en especial. Sólo un tránsito inerte sobre la calzada, con demasiadas rutas interesantes sin recorrer. Era un verdadero desperdicio, una nimiedad, algo muy fácil de descartar y de olvidar.

Ahora lo sabía. Pero nuevamente, la duda parecía ganar. Y detrás de la duda siempre estaba su peor enemigo: la razón. Esa terca tendencia a analizar, a examinar, a diseccionar cada hecho, cada intento, cada acción. Como un estratega irremediable tenía que visualizar las consecuencias de cada escenario, revisar opciones y adivinar desenlaces. Había aprendido a hacerlo, luego lo había perfeccionado y ahora estaba en la cima de su arte. Un arte que no tenía audiencia y que lo alejaba cada vez más de la gente. Peor aún lo acercaba más al desprecio de quienes más quería.

Era como una espiral descendente. Con giros repetidos en áreas conocidas. Cada vez que algo mejoraba, dos o tres cosas debían empeorar y así cualquier meta alcanzada o cualquier éxito posible debía verse truncado, para satisfacción de los demás. Un detalle, un evento fortuito, un percance bastaban para desencadenar todo un período de ignominia e infamia. Entonces se requería de toda su energía, de toda su voluntad y de todo su arte. Sabía que iba a lograrlo, ahora contaba inclusive con esa tranquilidad. Pero esa convicción no podría nunca evitar todos los pesares, toda la melancolía y toda la desesperación que implicaba conocer lo fútil de cada giro, de cada período, de toda la espiral que se empeñaba en repetirse y absorberlo con su centrífuga.

No lo molestaba saberlo. No lo molestaba entenderlo. Ni siquiera lo molestaba conocer el evidente desenlace. Lo torturaba comprender que nadie más lo veía, que sus más cercanos afectos sucumbían inmediatamente a la fuerza de la espiral y que incluso parecían creer que esa era la única opción para desarrollar su existencia. Era aún más terrible sentirse indefenso ante el destino cuando se tenían las claves para variarlo y convertirlo en decisión. Pero su entendimiento sólo le permitía observar, comprender y aguantar.

La vida se había empeñado en hacerlo instrumento de su disfrute para todo aquello que era claramente innecesario y aún destructivo. Era el testigo obligado del sufrimiento irrelevante, del dolor evitable y de las penas inauditas que quienes lo rodeaban parecían condenados a atravesar, sin darse cuenta que ellos mismos las buscaban y abrazaban como instrumentos del martirio preferido.

Ya había puesto a prueba su intención de conciliar, de demostrar y de hacer transparente el velo que separaba la espiral de sus conciencias, pero el resultado era entonces aún peor. Su esfuerzo era así catalogado de soberbia, de indolencia o de falta de sensibilidad. Nuevamente era un proscrito, un intocable, un impío. Aún el amor parecía desvanecerse y abría el paso al odio y la violencia. La amistad se rendía a la deslealtad. El futuro entregaba sus banderas al pasado más remoto y deformado.

En esas ocasiones su actuación era considerada como una herejía contra la humanidad y sus destinos eran la tortura, la hoguera y la muerte, en la mente de los otros. La espiral lo aplastaba con fuerza y lo lanzaba una curva más hacia el abismo al que apuntaba. La espiral siempre ganaba. Lo peor era saber que no era esa la única salida, que no era la única opción. No obstante, todos los demás se abrazaban a sus giros y se lanzaban en pos de sus dañinos efectos.

Ahora sabía que además nadie cercano podía percibirla, clara y retorcida, con sus giros sinuosos y perversos. La espiral seguía su descenso y los arrastraba con ella como una mueca de la fatalidad. Como un capítulo de una obra que jamás estará concluida. Sabía que compartir sus ideas sólo producía más dolor a quienes trataba de ayudar, de convocar o de querer. El silencio era su mejor aliado, aunque para nada brindase algo de paz.


Lo único cierto, lo más evidente, era su precaria situación. Estaba sólo.

sábado, 6 de abril de 2013

ANGUSTIA


Ella llora. También ella, sentada a su lado. Los dedos entre los labios y la angustia que estalla desde las vísceras y muere entre los dientes. Mucho azul. El cielo y el mar en una sola huida. Adiós a hijos y hermanos. Adiós a su risa y su sombra, a su fuerza y sus brazos. Ellos han apostado a un albur, lleno de sal y escualos. Azul, mucho azul para tan pocos músculos  pocas lágrimas para tanto océano. No habrá amuleto que los salve o dios que los proteja. Sólo hay azul, mucho azul. Y si cada vez más uno se aleja, más azul, más océano, sólo sombras y mucho azul. Mucho azul, sobre un lienzo de tristeza.

lunes, 18 de febrero de 2013

CIERTA TRISTEZA



Es extraña la tristeza cuando te inunda el pecho, pero no logra nublar la mente. Prefiero entonces el dolor a la claridad de conciencia. Es envidiable la posibilidad de someterse a los vaivenes de la emotiva volatilidad, sin saberse víctima de la propia ceguera.

Que gloriosa la rabia, que dulces las lágrimas, que hermosos los ojos inyectados de furia cuando se comparan con esta necia capacidad de estar sereno y de trashumar entre las penas.

Cambiaría cada minuto de comprensión y angustia, por un rato de irracionalidad y compulsiva alegría. 

Romper las barreras del optimismo y declararme feliz por algunos momentos, sin importar el peso de mis palabras o la solidez de sus cimientos.

Que disfrute el de tentar al verbo con lo imposible y sucumbir ante lo evidente. Cómo cerrar la mente y entregarse a los desatinos del humor creciente.

Cómo lograr que esta gloriosa comprensión se aleje y me acerque así a la soledad de los otros. Grandioso poder emular la risa y gozo, para abrazar las banderas de la inconsciencia. Tremendo poder llorar y cruzar las aguas caudalosas de la paciencia.

sábado, 12 de junio de 2010

El hombre tenía unos enormes ojos negros

Más que grandes, sus globos oculares parecían desafiar la gravedad asomándose a límites muy audaces fuera de sus cavidades orbitales. Su historia médica estaba plagada de diagnósticos e interpretaciones psicodinámicas. Había recibido todo tipo de medicación, incluso aquellos derivados de la medicina alternativa. Su hospitalización más reciente había sido en Inglaterra. En un obscuro sanatorio provinciano de donde había sido trasladado a un centro hospitalario londinense para luego escapar de forma inexplicable. Su historia también hablaba de un delirio muy poco estructurado. Quizás sin estructura alguna en tanto se circunscribía a un solo elemento...

El hombre insistía en aquella afirmación de manera compulsiva y monocordante. En todas sus hospitalizaciones se mantenía aquella frase, absoluta, simple e intrigante. Esa frase era su única respuesta, su única manifestación verbal, su único pecado, su único temor.

En aquel momento se encontraba internado en Italia. En la pequeña ciudad de Taranto. Yo me encontraba de paso. Me dirigía a Grecia. Venia de un Congreso en el que había participado en la ciudad de Amsterdam. Conociendo mi profesión, unos amigos Tarantinos me invitaron a conocer al “loco más famoso del pueblo”. Había sido visitado por casi todos los profesionales en salud mental de Italia con muy pocos resultados. Pronto seria trasladado.

No me miró cuando entré hacia su habitación. No se le consideraba peligroso, pero se me previno sobre demasiada cercanía. Parecía asustarse al ver a otras personas. Las interpretaciones y clasificaciones comenzaban a rondar mi mente, pero su mirada, aunque vacía, parecía decir algo más.

No me dijo nada. No respondió una sola pregunta. Hizo caso omiso de mi presencia y no reaccionó a ningún ruido. Se sonreía mirando al vacío. Temblaba de miedo y al instante volvía a sonreír. Su rostro denotaba pánico, estupor, alegría y paz al mismo tiempo. Pero lo más sobrecogedor era su tranquilidad, su inaguantable tranquilidad.

Luego de una hora y pocos minutos, decidí dejar de molestarlo. Abandoné Taranto tres días después, un poco intrigado un poco decepcionado de mi experiencia en ese hospital psiquiátrico.

Tomé un barco en Brindisi que nos llevaría a la costa de Amalfi. Allí me detuve a descansar durante algunos días en pequeño pueblito de pescadores. Todas las mañanas, al levantarme, solía mirar un grupo de pescadores que regresaba de su jornada y se dedicaba a arreglar sus redes, preparándolas para la madrugada que vendría.

Esa mañana el Sol brillaba muy alto en el cielo. Mi atención se centro en un pequeño que trataba de atrapar la mirada de su padre quien se ocupaba, absorto, de reparar una parte de su red que había resultado dañada.

- Mira padre, mira por favor...

- Que cosa hijo...

- Es muy grande...

- Quizás un albatros...

- No padre... un albatros no... es más grande...

El padre miró al cielo y sus ojos parecieron quedar adheridos a su brillo. Llamó a un camarada que, bote de por medio, trabajaba en sus quehaceres cotidianos. Yo también miré hacia arriba y empecé a sonreír. Entonces recordé Taranto. Comprendí mi desasosiego y la tranquila, casi estúpida, pasividad de aquel loco. El hombre tenía unos enormes ojos negros. Repetía aquella frase como un poseso. Como quien le ha vendido su alma a la incredulidad...

- Puedo volar...

sábado, 20 de marzo de 2010

En teorías

“...cuanto penar para morirse uno”
Miguel Hernandez

Cómo sobrevivir al día con una vida de futuro atado, pero aún incierto

Cómo sobrevivir con un presente ensombrecido por la fatiga y el desasosiego, de no saberse sólo o abandonado, triste definitivo o alegre por renacer

Cómo saberse lo suficientemente anónimo como para pasar desapercibido a las parcas y partirle la cara al destino antes de que te alcance

Cómo seguir ocultando la pena y aguantando los todavía y los ya no importa que, uno tras otro, parecen demostrar que la soledad y la amargura siguen siendo la única solución a las idiotas risotadas de los lugares comunes

Travesía

La travesía se había hecho larga. La ruta era más difícil de lo que se pensaba. Uno tras de otro los camiones viraban a la derecha, luego a la izquierda y seguían el sinuoso camino como en procesión. La mayoría había olvidado por qué había empezado el viaje. Pocos recordaban la ruta de regreso, pero a ninguno realmente le importaba llegar. Lo importante era seguir viajando.

Ese día a las cinco de la tarde

Finalmente lo habían logrado. Ahora conocían los errores del calendario juliano, del gregoriano, las mínimas variaciones de los cálculos mayas y aún más, los errores ciberneticos del último siglo. Ahora sí sabían la hora exacta. La ONU se entrevistó con los científicos. Quedaron impresionados y convencidos. Emitieron un boletín para todos los gobiernos del planeta. Era necesario comenzar a contar de nuevo. Se acordó un día en especial. El Natalicio de H.G. Wells. Ese día a las cinco de la tarde, se callaron todos los relojes.