La singular comitiva ya había generado toda clase de rumores,
relatos y expectativas. En varios lugares ya se le mencionaba como la gloriosa
comitiva o la cabalgata maravillosa. Arribaron a la fortaleza Vurathi según lo
esperaba Lady Aryse, al anochecer.
Una extraña formación de gentes, animales, vestimentas y colores
muy diversos se aproximaba lentamente a las puertas del Castillo de la casa de
Q’nar. Por encima de esos detalles, Lady Aryse prestó particular atención al líder
del extraño grupo. Más alto que la mayoría de los hombres que había conocido,
incluyendo su propio hermano, el más alto entre la gente de Vurathi, parecía
deslizarse junto con su montura un hermoso caballo de pelaje dorado y poderosa estampa. Aquel jinete no la miraba, pero podía sentir la fuerza de
sus ojos sobre los suyos, como si estuviesen frente a frente.
- No
debe temernos, mi señora. - La voz de aquel extraño resonó con gentil firmeza en
su mente. - Sólo estamos de paso y la mitad de las cosas que se dicen sobre
nosotros son mentira. La otra mitad … la otra mitad, sólo exageraciones.
Traemos noticias, sabiduría y algo de ayuda. No han sido tiempos tranquilos ni
agradables, no solo para vosotros aquí en Vurathi, sino para muchos otros
lugares, cercanos y lejanos.
La sensación de calma y confianza que le pareció recibir en
las palabras del forastero, le hicieron sentirse incómoda. Sacudió su cabeza e inspeccionó,
ligeramente nerviosa, la empuñadura de su espada. Entonces pudo darse cuenta. Un
torbellino de ideas se apoderó de su mente, pero logró mostrarse lo más
sosegada que pudo. Estaba en las puertas de la fortaleza. Había bajado desde
la muralla sin darse cuenta, sin conciencia de sí. Al mirar a su alrededor,
comprendió que todos a su alrededor tampoco tenían muy claro cómo habían
llegado hasta las puertas, desde los lugares en dónde se encontraban hasta
hacía algunos instantes.
- Mi
nombre es Eham, mi señora. – Dijo el líder de los forasteros. Lady Aryse
escuchó la misma voz que había escuchado en su mente antes, cuando aún la
comitiva no estaba cerca del puente levadizo de la fortaleza.
Un segundo jinete se acercó sobre un elegante corcel negro. Sus
ropajes no dejaban lugar a duda. Se trataba de un habitante de la ciudad de
Fyur. Camisa y pantalones oscuros, chaleco de piel y una banda de cuero en el
cuello.
- Venimos
bajo el manto de la noche, pero traemos claridad en nuestras intenciones y únicamente
entregamos paz a quienes nos reciben con los brazos abiertos y el corazón
dispuesto. Mi nombre es Vlidam Takeno, amo de las palabras. Mercenario y poeta
de la ciudad libre de Fyur.
Lady Aryse aún no lograba articular palabra, pero su
desconfianza crecía con cada instante que pasaba. A su alrededor, Taari el
viejo, Pheshog, Wimrdä, Nugurtha e incluso el joven Thigald se preparaban para
la refriega que estaba por comenzar. Arriba en las almenas, los arqueros
vigilaban, sus flechas apuntando desde sus arcos tensados. La Guardia de la
fortaleza, Vurathi-kog, estaba lista para proteger a Lady Aryse y hacer gala de
su valentía frente a aquellos intrusos.
Aquel que se hacía llamar Eham habló de nuevo.
- Gente
de Vurathi, valerosos hermanos. – Su voz pareció elevarse y alcanzar a todos
aquellos presentes en Vurathi-kog. – No hemos venido a traerles más guerra,
tampoco sufrimiento. No venimos a conquistar ni a engañar, no venimos a robar
ni a traicionar. Estamos de paso, no nos quedaremos, pero necesitamos permanecer
entre ustedes algunos días. Ustedes necesitan de nosotros aunque ustedes aún no
lo saben. Traemos canciones, traemos nuevas, traemos conocimiento y algo de
esperanza. Si sus corazones y sus mentes están dispuestos, será mucho lo que
dejaremos entre ustedes.
Lady Aryse Stormglance pareció comprender un mensaje secreto
en las palabras de Eham. Había firmeza, pero también había certeza y melancolía
en su voz. Eran las palabras de un guerrero incansable que, sin embargo,
comenzaba a sentir la posibilidad de la derrota. Era la misma extraña sensación,
que la había invadido en la batalla contra las huestes de Dhangor Blekka. La misma
sensación que inundó su mente al pensar en los Wyverns que acompañaron, primero
a los Filbatha y luego a Blekka. Aún sentía recelo, pero decidió confiar en
aquel que se hacía llamar Eham.
- ¡Gente
de Vurathi! – Habló entonces Lady Aryse Stormglance. – Daremos la bienvenida a
estos forasteros que nos visitan. Demuestren la bien conocida hospitalidad de
Vurathi con aquellos que vienen en paz y en paz se retiran de nuestras tierras.
Algo me dice que hay verdad en las palabras que recién escuchamos. No teman. No
duden. Yo, Lady Aryse Stormglance, Señora de la Casa de Q’nar, prometo que será
una visita provechosa y que los protegeré de cualquier daño que pudiese llegar
de manos de estos visitantes o de otros. ¡Gellam
Tanatur Vurathi!
Era lo que todos esperaban. Nadie en Vurathi quería más
muerte, ni más dolor. Apenas estaban recuperándose de los ataques de los
Filbatha y de las huestes de Blekka. Las cosechas comenzaban a brindar
suficiente para comerciar con los señoríos más cercanos y lograr intercambios con
grandes beneficios para Vurathi. Cuero y vestidos llegaban desde Dirbah, buen
acero desde Vilant, alumbre desde Herom, estaño y plata desde Karon, incluso
algunas joyas elaboradas en la lejana Sharaz. Había canciones en las tabernas y
nuevos llantos de bebé en la mayoría de las moradas de los Vurathinii. Los
tiempos habían mejorado y realmente nadie quería batallas, sangre ni gloria, si
era posible evitarlo.
- Agradecido
mi Señora. - Habló nuevamente Eham. - Estoy seguro habéis tomado la mejor
decisión.
- Habla
sinceramente. – Pensó Lady Aryse.
- Estaremos
en Vurathi solo el tiempo necesario y esperamos ser recordados como hermanos,
una vez que nos alejemos de vuestras tierras. - Culminó Eham.
- Mi
Lady Aryse. - Volvió a hablar Vlidam Takeno, el Fyurense, mientras Eham
sonreía. - Aún debemos compartir con ustedes una noticia más. Aún no está
completa nuestra comitiva.
Eham hizo una señal y otro de los miembros de la “cabalgata
maravillosa”, un Turvendino de rostro cerrado, hizo sonar su cuerno. El suelo
bajo los pies de Lady Aryse y su gente comenzó a temblar. Dos enormes figuras
aparecieron entre los árboles del bosquecillo cercano.
- Son
Ergan y su hijo Trog. Gigantes de la isla de Masxut. Con ellos también se
acerca Slaura y sus lobos. - Explicó Eham.
Una joven
de aspecto muy peculiar apareció detrás de los gigantes, seguida por una gran manada
de lobos. Eran grandes, majestuosos y tranquilos. Más de una veintena de fieras
lideradas por una joven casi desnuda.
- Ella
es Slaura, mi Lady Aryse.- Continuó Eham. Ella y sus lobos se quedaran afuera.
Erga y Trog también. Están acostumbrados.
Finalmente, quince jinetes, dos carros y cuatro perros
cruzaron el puente levadizo y entraron en Vurathi-kog. Cada uno de los miembros
de la comitiva saludó a los presentes al entrar. Un saludo sencillo, formal y trascendente.
Muchos en Vurathi aún recuerdan esa noche, ese saludo.
Lady Aryse encargó a Pheshog de la estadía de la extraña
comitiva que acababa de cruzar las puertas de la fortaleza. Taari el Viejo,
quedó a cargo de Slaura, los lobos y los gigantes de la isla de Masxut. Eham
fue el último en pasar. Se detuvo un momento y le habló a Lady Aryse.
- Mi
señora. En verdad os agradezco vuestra voluntad y vuestra hospitalidad. No os
arrepentirás Lady Aryse Stormglance! – Dijo emocionado.
Lady Aryse no estaba segura de comprender aún todo lo que
estaba sucediendo. Pero su intuición le decía que aún faltaba mucho por
descubrir sobre la “cabalgata maravillosa” y sus efectos sobre la gente de
Vurathi y el destino de la casa de Q’nar.
Extraños tiempos comenzaban a transcurrir. De eso estaba
segura. Algo se había puesto en marcha. Algo que definiría el futuro no sólo de
Vurathi, sino quizás de todo el continente e incluso más allá de los mares
circundantes.