sábado, 15 de agosto de 2015

Lady Aryse (vi). La maravillosa cabalgata

La singular comitiva ya había generado toda clase de rumores, relatos y expectativas. En varios lugares ya se le mencionaba como la gloriosa comitiva o la cabalgata maravillosa. Arribaron a la fortaleza Vurathi según lo esperaba Lady Aryse, al anochecer.

Una extraña formación de gentes, animales, vestimentas y colores muy diversos se aproximaba lentamente a las puertas del Castillo de la casa de Q’nar. Por encima de esos detalles, Lady Aryse prestó particular atención al líder del extraño grupo. Más alto que la mayoría de los hombres que había conocido, incluyendo su propio hermano, el más alto entre la gente de Vurathi, parecía deslizarse junto con su montura un hermoso caballo de pelaje dorado y poderosa estampa. Aquel jinete no la miraba, pero podía sentir la fuerza de sus ojos sobre los suyos, como si estuviesen frente a frente.

- No debe temernos, mi señora. - La voz de aquel extraño resonó con gentil firmeza en su mente. - Sólo estamos de paso y la mitad de las cosas que se dicen sobre nosotros son mentira. La otra mitad … la otra mitad, sólo exageraciones. Traemos noticias, sabiduría y algo de ayuda. No han sido tiempos tranquilos ni agradables, no solo para vosotros aquí en Vurathi, sino para muchos otros lugares, cercanos y lejanos.

La sensación de calma y confianza que le pareció recibir en las palabras del forastero, le hicieron sentirse incómoda. Sacudió su cabeza e inspeccionó, ligeramente nerviosa, la empuñadura de su espada. Entonces pudo darse cuenta. Un torbellino de ideas se apoderó de su mente, pero logró mostrarse lo más sosegada que pudo. Estaba en las puertas de la fortaleza. Había bajado desde la muralla sin darse cuenta, sin conciencia de sí. Al mirar a su alrededor, comprendió que todos a su alrededor tampoco tenían muy claro cómo habían llegado hasta las puertas, desde los lugares en dónde se encontraban hasta hacía algunos instantes.

- Mi nombre es Eham, mi señora. – Dijo el líder de los forasteros. Lady Aryse escuchó la misma voz que había escuchado en su mente antes, cuando aún la comitiva no estaba cerca del puente levadizo de la fortaleza.

Un segundo jinete se acercó sobre un elegante corcel negro. Sus ropajes no dejaban lugar a duda. Se trataba de un habitante de la ciudad de Fyur. Camisa y pantalones oscuros, chaleco de piel y una banda de cuero en el cuello.

Venimos bajo el manto de la noche, pero traemos claridad en nuestras intenciones y únicamente entregamos paz a quienes nos reciben con los brazos abiertos y el corazón dispuesto. Mi nombre es Vlidam Takeno, amo de las palabras. Mercenario y poeta de la ciudad libre de Fyur.

Lady Aryse aún no lograba articular palabra, pero su desconfianza crecía con cada instante que pasaba. A su alrededor, Taari el viejo, Pheshog, Wimrdä, Nugurtha e incluso el joven Thigald se preparaban para la refriega que estaba por comenzar. Arriba en las almenas, los arqueros vigilaban, sus flechas apuntando desde sus arcos tensados. La Guardia de la fortaleza, Vurathi-kog, estaba lista para proteger a Lady Aryse y hacer gala de su valentía frente a aquellos intrusos.

Aquel que se hacía llamar Eham habló de nuevo.

- Gente de Vurathi, valerosos hermanos. – Su voz pareció elevarse y alcanzar a todos aquellos presentes en Vurathi-kog. – No hemos venido a traerles más guerra, tampoco sufrimiento. No venimos a conquistar ni a engañar, no venimos a robar ni a traicionar. Estamos de paso, no nos quedaremos, pero necesitamos permanecer entre ustedes algunos días. Ustedes necesitan de nosotros aunque ustedes aún no lo saben. Traemos canciones, traemos nuevas, traemos conocimiento y algo de esperanza. Si sus corazones y sus mentes están dispuestos, será mucho lo que dejaremos entre ustedes.

Lady Aryse Stormglance pareció comprender un mensaje secreto en las palabras de Eham. Había firmeza, pero también había certeza y melancolía en su voz. Eran las palabras de un guerrero incansable que, sin embargo, comenzaba a sentir la posibilidad de la derrota. Era la misma extraña sensación, que la había invadido en la batalla contra las huestes de Dhangor Blekka. La misma sensación que inundó su mente al pensar en los Wyverns que acompañaron, primero a los Filbatha y luego a Blekka. Aún sentía recelo, pero decidió confiar en aquel que se hacía llamar Eham.

- ¡Gente de Vurathi! – Habló entonces Lady Aryse Stormglance. – Daremos la bienvenida a estos forasteros que nos visitan. Demuestren la bien conocida hospitalidad de Vurathi con aquellos que vienen en paz y en paz se retiran de nuestras tierras. Algo me dice que hay verdad en las palabras que recién escuchamos. No teman. No duden. Yo, Lady Aryse Stormglance, Señora de la Casa de Q’nar, prometo que será una visita provechosa y que los protegeré de cualquier daño que pudiese llegar de manos de estos visitantes o de otros. ¡Gellam Tanatur Vurathi!

Era lo que todos esperaban. Nadie en Vurathi quería más muerte, ni más dolor. Apenas estaban recuperándose de los ataques de los Filbatha y de las huestes de Blekka. Las cosechas comenzaban a brindar suficiente para comerciar con los señoríos más cercanos y lograr intercambios con grandes beneficios para Vurathi. Cuero y vestidos llegaban desde Dirbah, buen acero desde Vilant, alumbre desde Herom, estaño y plata desde Karon, incluso algunas joyas elaboradas en la lejana Sharaz. Había canciones en las tabernas y nuevos llantos de bebé en la mayoría de las moradas de los Vurathinii. Los tiempos habían mejorado y realmente nadie quería batallas, sangre ni gloria, si era posible evitarlo.

Agradecido mi Señora. - Habló nuevamente Eham. - Estoy seguro habéis tomado la mejor decisión.

- Habla sinceramente. – Pensó Lady Aryse.

- Estaremos en Vurathi solo el tiempo necesario y esperamos ser recordados como hermanos, una vez que nos alejemos de vuestras tierras. - Culminó Eham.

- Mi Lady Aryse. - Volvió a hablar Vlidam Takeno, el Fyurense, mientras Eham sonreía. - Aún debemos compartir con ustedes una noticia más. Aún no está completa nuestra comitiva.

Eham hizo una señal y otro de los miembros de la “cabalgata maravillosa”, un Turvendino de rostro cerrado, hizo sonar su cuerno. El suelo bajo los pies de Lady Aryse y su gente comenzó a temblar. Dos enormes figuras aparecieron entre los árboles del bosquecillo cercano.

- Son Ergan y su hijo Trog. Gigantes de la isla de Masxut. Con ellos también se acerca Slaura y sus lobos. - Explicó Eham.

Una joven de aspecto muy peculiar apareció detrás de los gigantes, seguida por una gran manada de lobos. Eran grandes, majestuosos y tranquilos. Más de una veintena de fieras lideradas por una joven casi desnuda.

- Ella es Slaura, mi Lady Aryse.- Continuó Eham. Ella y sus lobos se quedaran afuera. Erga y Trog también. Están acostumbrados.



Finalmente, quince jinetes, dos carros y cuatro perros cruzaron el puente levadizo y entraron en Vurathi-kog. Cada uno de los miembros de la comitiva saludó a los presentes al entrar. Un saludo sencillo, formal y trascendente. Muchos en Vurathi aún recuerdan esa noche, ese saludo.

Lady Aryse encargó a Pheshog de la estadía de la extraña comitiva que acababa de cruzar las puertas de la fortaleza. Taari el Viejo, quedó a cargo de Slaura, los lobos y los gigantes de la isla de Masxut. Eham fue el último en pasar. Se detuvo un momento y le habló a Lady Aryse.

- Mi señora. En verdad os agradezco vuestra voluntad y vuestra hospitalidad. No os arrepentirás Lady Aryse Stormglance! – Dijo emocionado.

Lady Aryse no estaba segura de comprender aún todo lo que estaba sucediendo. Pero su intuición le decía que aún faltaba mucho por descubrir sobre la “cabalgata maravillosa” y sus efectos sobre la gente de Vurathi y el destino de la casa de Q’nar.

Extraños tiempos comenzaban a transcurrir. De eso estaba segura. Algo se había puesto en marcha. Algo que definiría el futuro no sólo de Vurathi, sino quizás de todo el continente e incluso más allá de los mares circundantes.

domingo, 14 de junio de 2015

Lady Aryse Stormglance (v)

La gloria sobre la propia muerte. Recordaba Lady Aryse mientras contemplaba los campos cultivados que se extendían desde el sotobosque hasta las orillas del río. Tres inviernos habían ya dejado su huella sobre esos mismos campos desde el ataque de las huestes de Danghor Blekka. No habían recibido palabra nueva alguna sobre el Señor de la Muerte y sus tropas desde que se les vio embarcarse en los puertos norte con rumbo aún desconocido.

La gente de Vurathi comenzaba a prosperar. Los cultivos se fortalecían. Las reparaciones en el castillo estaban casi completas. Las puertas habían sido reforzadas y se habían construido dos nuevas torres de vigilancia con almenas reforzadas y lugar para más arqueros. El puente levadizo también estaba reforzado y su mecanismo había sido mejorado gracias a la ayuda de los Elfos del Bosque Alto. La casa de Q´nar era fuerte nuevamente. Sus tropas podían cuidar caminos y villas. La guardia del castillo era más poderosa que nunca con los nuevos integrantes de la raza de los Enalfos y sus poderosos arcos y relucientes hachas.

Todos los esfuerzos habían estado concentrados en la defensa, la preparación para soportar el nuevo ataque de Blekka. Pero el ataque no había llegado. Eso hacía que Lady Aryse se sintiese incómoda, incluso molesta. Hubiese preferido luchar, vencer o morir. Pero la incertidumbre no le permitía estar en paz, no le permitía sonreír. Mucho menos le permitía bajar la guardia y disfrutar de los manjares que ante ella venían colocando sus sirvientes. Sobre la gran mesa del salón de armas se entibiaba la deliciosa carne de un jabalí. Sus capitanes disfrutaban de perdices asadas y conejos en salmuera y ajo. Frutas, quesos, vinos y cerveza. Todo para celebrar un nuevo año de paz y restauración.

La gloria sobre la propia muerte. La frase se repetía en la mente de Lady Aryse. Igualmente se repetían las imágenes de las vidas perdidas enfrentando a Blekka. Imágenes de muerte y desolación que se mezclaban con las de su padre y hermanos, muertos por los Filbatha hace tanto tiempo. Sólo un elemento en común. Wyverns.

¿Había alguna conexión? ¿Eran los mismos nigromantes? ¿Eran ataques aislados? ¿Trataba alguien de destruir la casa de Q’nar? Las preguntas se agolpaban en su cabeza como rocas que caen de la montaña y encuentran a su paso un gran roble caído. Wyverns. Era muy difícil saber el origen de aquellas bestias que hacía tanto tiempo no habitaban en toda la vasta tierra del continente. ¿De dónde habrían llegado? ¿Volverían?

Las preguntas torturaban a Lady Aryse mientras trataba de ser amable con los comensales que la rodeaban e intentaban animarle. Sólo Taari comprendía que lo mejor era no importunarla. Su señora, Lady Aryse Stormglance de seguro requería concentrar su mente en algo que resultaría muy importante, mucho más importante que aquella deliciosa comida y aquella dulce música que se escuchaba en el gran salón de armas.

Pasaron algunas semanas y llegaron noticias de un grupo de guerreros que recorrían el campo, las tierras de Vurathi allende el Bosque Alto y las cabeceras del río. Un grupo extraño, sombrío y silencioso.

Evitaban a la gente y se movían de noche preferiblemente. Se decía que varias bestias los acompañaban, pero nadie sabía precisar cuáles. No parecían hostiles. No habían atacado a nadie. No habían asaltado ninguna villa ni habían molestado a viajero alguno en los caminos del señorío. No obstante, eran forasteros. Y en Vurathi los forasteros no eran considerados como buenas nuevas.

Lady Aryse ordenó doble guardia en el castillo. Las patrullas aumentaron en las tierras cercanas a la fortaleza. Se enviaron mensajes para advertir a los Elfos de Bosque Alto y a los Enanos de las Cuevas Rotas. Ambos pueblos respondieron reafirmando su alianza con Vurathi.

Una tarde, cuando el sol empezaba a declinar en el horizonte, una patrulla arribó a todo galope a las puertas del castillo. Apenas había desmontado, el cabo que comandaba la patrulla pidió hablar con Lady Aryse Stormglance. Pheshog escuchó la solicitud del oficial mientras caminaba a hacia las caballerizas para revisar a su caballo y decidió acompañarlo para evitar que la Guardia pudiese retardar la llegada del cabo ante su señora.

- Ven conmigo Thigald. Le dijo al oficial - Yo te llevaré ante Lady Aryse.

La encontraron en la torre de la ciudadela, mirando hacia el camino principal desde el borde del muro.

- Mi señora. Se atrevió Pheshog - Hay nuevas sobre la inesperada comitiva.

- Habla Thigald. Respondió Lady Aryse mientras giraba su rostro y miraba directamente, primero a Pheshog y luego al joven cabo.

- Mi lady Aryse. Se dirigen hacia el castillo - Dijo en tono grave el joven Thigald. Sereno pero expectante al mismo tiempo.

- Sí. Respondió Lady Aryse - Estarán aquí con el anochecer de mañana.

- Con toda certeza mi señora - intervino Pheshog sin salir de su asombro.

- Enviaron un mensaje, Pheshog - dijo sonriendo a su capitán. - Me fue entregado hace poco enviaron un Pájaro Monje. Un ave extraña para esta región, pero es una extraña comitiva así que no fue tampoco una gran sorpresa.

- Preparen todo Pheshog. Habla con Taari, Wimrdä y Nugurtha. Que todos estén dispuestos y alerta. Esta vez no nos pueden sorprender.

La dejaron en la torre de la ciudadela, mirando hacia el camino principal desde el borde del muro. Algo le decía a Pheshog que su señora dormiría poco esa noche. 

Lady Aryse sabía que sus capitanes se preocuparían pero no podía cerrar los ojos ante esta posible amenaza cerniéndose sobre Vurathi cuando apenas comenzaban a recuperarse. Se sentía cansada, pero la llama de la casa de Q'nar no dejaba de arder en su interior. Lucharía hasta el final por su gente y su linaje.

domingo, 27 de octubre de 2013

Aryse Stormglance (iv)

Los defensores quedaron diezmados. Muy pocos habían sobrevivido y muchos de los heridos no verían el amanecer. Lady Aryse recuperó los cuerpos de su padre y su hermano. Los funerales fueron breves y tristes. Muy tristes. Los Vurathi caminaron altivos alrededor de ambos túmulos, como en antaño. Pero no había gloria en sus miradas, sino una gran desolación. La casa de Q’nar se había quedado sin heredero. La línea se había roto. Seguramente otra casa tomaría las tierras y el poder en Vurathi.

Elfos y enanos regresaron a sus reinos. Dejaron algunos trabajadores y orfebres para ayudar en la reconstrucción. Ambos pueblos levantaron sus estandartes pero marcharon en silencio de regreso a sus hogares.

Los Enalfos sobrevivientes fueron invitados a quedarse. Ayudarían en la reconstrucción y recibirían a cambio un hogar. Los proscritos aceptaron y consideraron pagada la deuda por sus muertos.


Entre los Vurathi sobrevivientes a la batalla el ánimo era sombrío. El destino era un oscuro pozo donde podían ahogarse todas sus esperanzas. Dos días después de los funerales de Lord Aroth y el joven Arath, las gentes de Vurathi seguían enterrando a sus muertos. Eran demasiados.

Esa tarde, al ocaso, vestida aún con su armadura manchada de sangre, Lady Aryse decidió salir al encuentro de su pueblo. Se encontró con la desesperación en la mirada de su gente. La tristeza de las madres, la amargura de los padres y el miedo de los hijos de los caídos. En cada mirada había un reproche y una súplica. Un dejo de rabia en cada sonrisa y una gota de ilusión en cada lágrima derramada.

Lady Aryse Stormglance la llamaban ahora, pues sus ojos grises llevaban una tempestad de emociones en su brillo y causaban algo de incomodidad, tristeza y temor en quienes le sostenían la mirada.

-  ¡Gente de Vurathi! – comenzó a decir en tono pausado pero firme. – La oscuridad ha caído sobre nosotros. La tristeza atenaza nuestros corazones y el mañana es sólo una aciaga certeza. Quiero decirles  - la voz se le quebró – Quiero asegurarles que estarán protegidos. El enemigo se ha retirado a sus tierras. Nuestros exploradores los han visto regresar en sus naves. Hemos pagado un alto precio, pero nuestra Guardia aún cuidará nuestro castillo y nuestros caminos. Reconstruiremos lo que el fuego ha devorado. Cultivaremos otra vez los campos arrasados. Nuestros aliados, elfos y enanos, enviarán más ayuda. Nuestros hermanos Enalfos se quedarán entre nosotros y fortalecerán nuestros muros, engrosarán nuestras fuerzas y crecerán entre nosotros. Sus niños jugarán con los nuestros y soñarán con un futuro, juntos.

Su gente la miraba, atenta, pero demasiado afectada por la incertidumbre. Entonces Lady Aryse expresó lo impensable.

-  Yo gobernaré Vurathi. Restableceré el linaje. Conmigo se mantendrá la casa de Q’nar si ustedes así lo desean. Yo puedo seguir con el gobierno de mi padre. Honrar su memoria y mantener sus promesas. La misma sangre vertida por mi padre y por mi hermano Arath – nuevamente se le quebró la voz – me dará la fuerza para protegeros y apoyaros como ellos lo hicieron. Pero si ustedes piensan que debo entregar Vurathi a otra casa, los entenderé y obedeceré vuestros corazones. ¿Qué me dicen? ¿Cuál es vuestra decisión?

Los Enalfos fueron los primeros en contestar. Finalmente tenían un hogar y no estaban dispuestos a perderlo.

-  ¡Lady Aryse Stormglance! ¡Lady Aryse de Vurathi! !Gellam Tanatur!

La gente de Vurathi pareció animarse. Los hombres jóvenes primero, luego los miembros de la Guardia que la habían visto luchar como una fiera salvaje en la refriega final contra los Filbatha. Luego los veteranos, los enfermos, la mujeres y aún los ancianos, todos comenzaron a vitorear a su señora.

-  ¡Lady Aryse! Lady Aryse de Q’nar! ¡Lady Aryse Stormglance! !Gellam Tanatur!


Al final, todos gritaban al unísono. El ruido era ensordecedor. Se escuchaba el orgullo sobre la pena. La esperanza sobre la angustia. La gloria sobre la propia muerte.

sábado, 14 de septiembre de 2013

DE LOS ÚLTIMOS HECHOS EN LA VIDA DE GUNTRAN MAC HARALT Y SUS EJÉRCITOS DE MUERTE (i)

-         Mi señor, el enemigo se acerca

Una y otra vez había escuchado esa frase, en boca de su heraldo, Ingwil el Joven. El Príncipe de los Siete Castillos alzaba su hacha de guerra y sus hombres preparaban sus armas para la lucha. Cientos de espadas comenzaban a cortar el aire y la Guardia del Príncipe levantaba sus poderosos martillos de guerra.

Cuando el enemigo estaba bastante cerca, Mac Haralt comenzaba a ganar la batalla. Con su mirada fulminaba el valor de los jefes contrarios. Sus ojos parecían dejar pasar la fuerza más oscura a través de sus pupilas. El efecto era inmediato sobre la templanza que cualquier mortal pudiese tratar de mantener frente a él.

En ese momento, la gran hacha comenzaba a girar en la mano de Guntran y el heraldo lanzaba el grito de guerra, que repetían los hombres de Mac Haralt antes de lanzarse sobre sus temerosos adversarios entonando el himno de Gryna, la diosa de la muerte. Gryna era la única divinidad a la cual Guntran parecía rendir pleitesía.

Esta vez, derrotaba a su último enemigo en la isla de Ibwc. Ahora era toda suya. La batalla fue corta y por eso no menos sangrienta que las anteriores. La victoria fue de Mac Haralt.



La figura del Príncipe de los Siete Castillos era terrorífica. Sus propios soldados le temían. Su yelmo era un cráneo de ciervo, reforzado con bandas de plata. Estaba adornado con cientos de plumas de cuervo de un color negro irreal. Su cabello largo, rubio como su barba, se deslizaba sobre una gran piel de lobo gris que cubría su armadura.

El caballo de Guntran era negro y de ojos rojos. Su amo lo llamaba Yar. Más alto que los demás equinos, mordía a los caballos del enemigo durante la batalla y, muchas veces, lograba darles muerte de una dentellada. Se decía que Yar era en realidad un demonio atrapado en el cuerpo de un caballo, pero nadie se atrevía a preguntarle algo a  Guntran sobre su montura.


El cuerpo de Mac Haralt estaba marcado por innumerables cicatrices. Dos veces había sobrevivido a tajos mortales. Cualquier otro ser humano habría cedido al seductor llamado de Gryna y habría recibido con resignación el canto de los ancestros. Pero Guntran no había nacido humano. Al menos no del todo.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Los Quinientos más Uno de Kenoic



Valerosos. Osados. Decididos y alegres. Orgullosos cabalgaban los Quinientos más Uno de Kenoic. Su comandante, sobre un brioso caballo de guerra avanzaba seguro de sus capitanes y sus hombres. Siempre hacia adelante, con lanzas, espadas, hachas y mazas se lanzaban sobre el enemigo y vencían. Honraban a su enemigo y celebraban a sus amigos. Eran invencibles, los protegidos de Fildrabá, los hijos predilectos de Scambhi, la diosa de la guerra.


Hermoso flotaba su estandarte contra los cuatro vientos. Guiados por la gloria y bendecidos por la fama. Eran fuertes, eran temidos y eran respetados. Eran los Quinientos más uno de Kenoic y siempre lo serían. Guiados por las estrellas de Fildrabá y protegidos por las espadas de los hijos de Scambhi.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Aryse Stormglance (iii)

La herida era grave, pero no mortal. Un tajo largo y profundo, pero no suficiente para cegar la luz de la mirada de Aryse. Taumaturgos y herbolarios discutían sobre cómo tratar a la dama. Unos a otros se contradecían y argumentaban su razón con vehemencia. Alguien se acercó en silencio. Los sabios seguían en su discusión y no lo vieron pasar. Lady Aryse en medio de su debilidad sintió una cálida mano que levantaba ligeramente su cabeza y unas palabras en antiguo élfico que acompañaban a un brebaje de sabor amargo pero enérgico.

-      Mi nombre es Mesayla – escuchó una voz fuerte y danzarina al mismo tiempo. – Esto te ayudará a mejorar mientras tus sabios deciden como matarte. Pareció reír muy quedamente al final de su comentario.

La bebida hizo efecto rápidamente. Lady Aryse entró en el mundo de los sueños, el Vjällnir, como lo llamaban los elfos. Su cuerpo se hizo liviano. Su temperatura ascendió ligeramente. Comenzó a escuchar voces del pasado. Canciones de cuna. Cánticos. Lamentos. Llantos y risas. Imágenes se mezclaban en su mente, una tras otra, varias al mismo tiempo. De pronto sintió que se elevaba. Podía ver a los taumaturgos y herbolarios aún discutiendo. Podía ver a Mesayla sentado a su lado, susurrando algo en su lengua.

De pronto sólo oscuridad. Sintió el mismo terror que pudo ver en la mirada de Pheshog. Luego una pequeña luz. Una luciérnaga se posó en su mano. Luego voló y comenzó a iluminar dando vueltas alrededor de Aryse. Podía ver el castillo desde arriba, las tierras allende el río, los pájaros y los halcones.

Lady Aryse se abrumó con la belleza que veía. Tanto verde y tanto azul. Pensó en tantas batallas inútiles, en tanta sangre derramada. Demasiadas batallas, muchas consecuencia de su belleza y su linaje. Demasiados pretendientes, demasiados tontos y demasiados orgullos rotos. Una sonrisa se asomó a la comisura de los labios. Siguió recordando.

Una vez muertos su padre y su hermano, defendiendo sus tierras en la guerra contra la invasión de los Filbatha y sus bestias de guerra. Lady Aryse tuvo que hacerse cargo de los deberes del señorío. No fue sencilla la tarea.

Primero, tuvo que rechazar los intentos de varios senescales y mayordomos de su padre por hacerse con el mando de las tropas y con la herencia de la casa. Varios pidieron su mano, algunos intentaron tomar la heredad, la casa y su cuerpo por la fuerza, pocos sobrevivieron. Muchos abandonaron las tierras de su padre con la cabeza baja y un poderoso rencor en la mirada.

Finalmente, quedó muy reducida su mesnada, pero muy elevado su espíritu. Tuvo que nombrar nuevos capitanes. Un herrero, un veterano sargento y un joven sobrino de uno de aquellos que abandonaron la heredad. El joven escudero juró lealtad a Lady Aryse, con el tiempo, pudo demostrarla varias veces.

-  La belleza puede ser una pesadilla – murmuró. Una frase que la acompañaba desde muy joven.

Cuando aún contaba con sólo trece inviernos destrozó, sin querer, el corazón de su primo Feron. El joven conde había sucumbido, desde su primer encuentro, a su cabellera roja como el fuego, sus ojos grises, su piel pálida como el sol de invierno y su hermosa figura. Lady Aryse tuvo que aprender, una desagradable experiencia tras otra,  a medir sus palabras, a cubrir adecuadamente su cuerpo y a soportar la lujuria en los ojos de tantos nobles, guerreros y soldados con los cuales debía compartir su cotidianidad de una forma o de otra.

Sólo Taari, el veterano sargento, la miraba como a otro igual. Eso le agradaba. No había segundas intenciones en su amabilidad y su interés en educarla e instruirla en el manejo de las armas y la doma de caballos era genuino, como su corazón. Taari no tenía halagos para la joven Aryse, sólo reprimendas y sabios consejos. Era bueno saber que en alguien podía confiar.

Comenzó a huir de la corte y sus miradas. Prefería el uso de la espada y cabalgar sobre el potro que su padre le había obsequiado. Era un hermoso ejemplar de Niaspi, un macho fogoso y temperamental que parecía calmarse al contacto con las manos de Lady Aryse. Su vínculo surgió de inmediato, con el primer galope fue suficiente y fueron uno para el otro, jinete y montura, enlazados en una preciosa danza que compartirían desde entonces, cada vez que lograban reunirse en los campos de su padre. Ambos componían una hermosa figura que parecía deslizarse entre el verde y los acantilados en las tierras de Vurathi.

Lady Aryse aprendió a manejar la espada, la ballesta, el arco y la lanza, como el mejor de los capitanes de su padre. Aprendió a lanzar cuchillos, a luchar cuerpo a cuerpo, sin armas y sin más ropas que un taparrabos y una camisa. Sus músculos se hicieron fuertes y tonificados. Su piel se bronceó ligeramente por las largas horas de entrenamiento bajo el sol.

Al cumplir diecinueve años, era capaz de retar a su hermano en combate y vencerlo. Arath era un gran guerrero, el orgullo de su padre, Lord Aroth de Vurathi. Pero Lady Aryse era capaz de de vencerlo a mano limpia. Lady Nemarine, su madre, miraba horrorizada como su hija se había convertido en un poderoso guerrero y mostraba siempre su descontento con aquella situación. Pero Lord Aroth la calmaba con su mirada y sus palabras de ánimo.

-      No temas mi señora. Nunca dejaré que siquiera se vierta sangre cerca de ella, nuestra Aryse jamás irá a batalla con nosotros.

Aryse se llenaba de furia y descontento al oír aquello. Pero evitaba causar tristeza en su madre y desasosiego en su padre. Así que se tragaba las palabras y esperaba ansiosa por una oportunidad para probar su destreza y su valor. No sabía cuán pronto ese momento estaba por alcanzarla.

Los Filbatha cayeron sobre la costa norte como rayos sobre una pequeña villa, destruyendo y quemando a su paso todo lo que su gente había creado con esfuerzo y amor. Sus bestias de guerra parecían invencibles. Causaban temor aún entre los guerreros más curtidos. Algunos llegaron a pensar que eran seres creados con magia negra o demonios del inframundo. Pero no. Eran bestias desconocidas en este lado del mar. 

Luego de varias derrotas, los ejércitos de Lord Aroth estaban desmoralizados. Arath el hermano de Lady Aryse envió mensajeros pidiendo ayuda a todos los nobles de los señoríos cercanos y no tan cercanos. Sólo una gran fuerza podría contener a los Filbatha. No hubo respuesta. Al menos, no la esperada. Los mensajeros regresaron con muchos halagos, muchas excusas y ningún refuerzo.

-      Nos han dejado solos padre – dijo el joven a Lord Aroth. Algo de tristeza y rabia se podía sentir en el tono de su voz.
-      Casi todos – respondió el señor de Vurathi.

Sonaron trompetas en la distancia y el corazón del joven Arath se aceleró. Toda la guarnición del castillo se preparó para el asalto.

-      ¡Son ellos padre! ¡A las armas!
-  Son ellos Arath, pero no quienes tú crees – Lord Aroth parecía entusiasmado y la sorpresa casi se transforma en alegría para Arath.

Cuando finalmente se asomaron a la muralla, Lord Aroth sonreía como un niño. Dos pequeñas formaciones se acercaban al castillo desde el sur y desde el suroeste. La primera avanzaba con los colores azules y amarillos de las huestes de los elfos del bosque alto.  La segunda con los colores marrón y gris de los enanos de las cuevas rotas, la casa de Melmbur, el señor de Bhakinzar, la ciudad de las gemas.




Ambas razas eran aliadas de la casa de Q’Nar, los señores de Vurathi. Pero sólo eso tenían para unirlos en batalla, una larga historia de conflictos desde el rapto de la princesa Filthumvilya por un fuerte príncipe de los enanos, se había hecho costumbre entre ambas razas.

-     Son pocos padre – dijo Arath
-   Sí, hijo mío, menos de lo que esperaba, pero cada uno de ellos vale por dos o más de nosotros. Ayudarán a igualar la balanza.

Sólo trescientos guerreros elfos con sus arcos largos y sus espadas plateadas, casi el doble de guerreros enanos con sus hachas de hierro y sus martillos de guerra. Todos dispuestos a ayudar a sus hermanos de Vurathi. El recibimiento fue muy emotivo. Las gentes de Vurathi se lanzaron a recibir a sus hermanos elfos y enanos. La luz parecía brillar nuevamente en sus vidas.

El Sol se ocultó dos veces. Entonces, en una sombría mañana, una gran hueste se divisó en el horizonte. Los Filbatha venían a culminar su conquista. Venían a derrotar de una vez por todas a la casa de Q’nar. Los señores de Vurathi eran el único obstáculo para cruzar el istmo y seguir sometiendo nuevas tierras del continente bajo su poder.

Los invasores iniciaron el asalto al castillo sin perder un instante. El primer ataque fue brutal. Hombres, elfos y enanos se entregaron a la defensa. Los arqueros elfos diezmaron la vanguardia de los Filbatha, pero sus legiones eran numerosas. Cuando la victoria paracía hacerles un guiño a los defensors, aparecieron las bestias de los Filbatha. Wyverns y mantícoras, nagorns y belersdachs.




Arath concentró las fuerzas aliadas en la defensa contra las bestias. Los enanos se dedicaron a destruir a los nagorns y hacer el mayor daño posible a los belersdachs. Los elfos se concentraron en los wyverns y las mantícoras. Los humanos en hacer frente a las legiones de Filbatha que, oleada tras oleada, se estrellaban contra las paredes del castillo.

La batalla duró toda la mañana y casi toda la tarde. Los defensores no podían hacer más de lo que ya habían hecho y su ánimo comenzaba a vacilar.

En ese momento apareció Lord Aroth, Señor de Vurathi, Cyalbo de la Casa de Q’nar. Montando su caballo, un hermoso corcel de de guerra llamado Drom, salió al patio de armas arengando a sus hombres. Vestía su armadura roja y dorada, la de la Casa de Q’nar. El sol de la tarde la hacía relucir ante el enemigo y por un momento, los defensores pensaron que el propio Shamokk había venido a ayudarlos.

-  ¡A mí! ¡A mí, valientes Vurathi! ¡Por nuestros hijos, por nuestros padres! ¡Por nuestro honor! ¡Athanatar mashut bellura!

Cientos de voces respondieron y el ánimo regresó a los corazones de los defensores. Se abrieron las cuadras y decenas de caballeros Vurathi montaron sus caballos. Muchos guerreros elfos montaron también. Se abrieron las puertas y los defensores salieron a la carga.

Sorprendidos, los Filbatha cedieron ante el empuje inicial de la carga liderada por Lord Aroth, pero pronto las bestias de guerra volvieron a inclinar la balanza contra los defensores. Entonces salieron los enanos, entonando con voz grave su lamento de guerra. Blandiendo y lanzando hachas eliminaron a casi todos los nagorns y belersdachs. Los pocos que sobrevivieron, huyeron de la batalla. Luego se dedicaron a las mantícoras que descendían para atacar a los defensores. El propio Príncipe Nubar mató al capitán de los Filbatha que montaba al líder de las mantícoras y a su bestia. Pero murió también por las heridas que había sufrido. El resto de las mantícoras se lanzó sobre los enanos que habrían sucumbido de no ser por los arqueros elfos que aún quedaban en las murallas.

Aryse enloquecía en sus habitaciones. Se había puesto su armadura y sus armas estaban listas para ser usadas, pero dos guardias en su puerta no la dejaban salir. Podría vencerlos pero no iba a derramar sangre Vurathi. De pronto escuchó voces, el Capitán de la Guardia de la Fortaleza necesitaba cada hombre que pudiese luchar en las almenas y en las murallas. Los guardias se fueron y Aryse salió al corredor. Su armadura, azul y plata, relució con la luz que se filtraba. Ni una mancha, ni una abolladura. Para ella, una total vergüenza.

Corrió hacia las murallas y pudo ver morir al Príncipe de los enanos. Sus hermanos lucharon para recuperar su cuerpo y los arqueros elfos diezmaron a las mantícoras que salvajemente los atacaban. Los enanos se retiraron hacia las puertas del castillo. 

La batalla comenzaba a ser masacre. Hombres y elfos eran arrojados de sus monturas. Flechas, lanzas, hachas y garras cegaban sus vidas. Arath luchaba haciendo honor a su nombre, “como un león. Sus armas cortaban y tronchaban como un remolino de metal. Los Filbatha lo atacaban cada vez con mayor temor. Estaba agotado, pero no podía dejar de defender a su padre que, herido, luchaba por mantenerse sobre el lomo de Drom, mientras mataba a cuanto Filbatha podía aún golpear con su espada.

-          ¡Padre! ¡Regresa al castillo! ¡Debes salvarte!

No recibió respuesta. Sólo tuvo un instante para  ver a su padre caer bajo las garras de un Wyvern que destrozó su cuerpo y el de Drom, dejando sólo un amasijo de carne, miembros y sangre. Giró sobre sí y recibió media docena de flechas Filbatha en su pecho. Así cayeron los últimos varones de la Casa Q’nar.

El grito de Aryse murió en su garganta. La ira se apoderó de su corazón y el miedo atenazó su espíritu. Por un momento pensó que moriría, pensó que se desvanecería y sería esclavizada por los Filbatha, cuando finalmente tomaran la fortaleza. Volvió a mirar hacia abajo y vio los restos de su padre y su hermano. Vio los cuerpos de tantos amigos y aliados. Hombres, elfos y enanos, muertos o heridos bajo las legiones de los Filbatha que ya se acercaban a las puertas del castillo. Se dio vuelta. Miró hacia abajo otra vez y vio a las gentes de Vurathi. Herreros, labradores, peleteros, tenderos, carpinteros y pescadores. Hombres, mujeres, niños y ancianos. Tíos, hermanos, padres e hijos. La Guardia de la Fortaleza firme.

-          ¡Gente de Vurathi! - gritó - ¡Gente de mi padre! - siguió.

Lanzó entonces una arenga que muchos aseguraban fue grandiosa, pero que Aryse no lograba evocar desde ese mismo día. Sólo podía recordar el grito ensordecedor de la gente.

-          ¡Lady Aryse! ¡Vurathi! ¡Athanatar mashut bellura!


Recordaba las puertas del catillo abrirse y recordaba a la gente de Vurathi abalanzándose sobre el enemigo. Recordaba el choque del metal y los gritos. Su espada contra otras, contra lanzas, contra hachas, los relinchos de su potro Dragonmane. Recordaba el rostro asombrado de los Filbatha ante una nueva carga desde el castillo. El sol comenzó a ocultarse y los Filbatha sufrieron otro ataque desde su propia retaguardia. 

Los Enalfos, mestizos proscritos por sus razas de origen, decidieron que era el momento de ganarse el respeto de sus ancestros. Más de tres mil guerreros frescos llegaron en formación cerrada apoyados por arqueros y caballería ligera. Finalmente, los Filbatha cedieron. Los sobrevivientes se retiraron ordenadamente. Regresaron a la costa y luego a sus tierras de origen a bordo de sus rápidas naves. 

Vurathi se había salvado. Pero se había salvado tan poco, recordaba Lady Aryse en medio de su ensoñación.

domingo, 11 de agosto de 2013

Aryse Stormglance (ii)

La planicie se abrió ante sus ojos. Hacia ella marchando a paso redoblado, las huestes de Blekka. Su temible líder montaba su famosa yegua negra, Deathwhisper. Su figura sobresalía aún en la distancia. Era más alto que la mayoría de sus hombres y aún más alto que el propio Pheshog, uno de los pocos en superar en estatura a Lady Aryse. Dragonmane pifiaba una y otra vez, impaciente por arrollar hacia la refriega. Se escuchó un cuerno en la distancia, Lady Aryse comprendió que era la señal del enemigo para iniciar la carga. En ese momento sintió la respuesta de su ejército. Uno tras otro gritó hasta construir un solo bramido, un solo y ensordecedor bramido. Taari el Viejo, acercó su montura.

-  A vuestra señal mi Lady – Se colocó el yelmo y cerró la visera. La loriga de su caballo tintineó.
- En cuanto estén al alcance de los arqueros Taari. Quiero seis lanzamientos por arquero y luego que se retiren al esa floresta ahí atrás.
-   Así se hará mi Lady – respondió Taari.

Las huestes de Blekka alzaron su grito de guerra y siguieron avanzando. Cada vez más deprisa pero sin romper formación. Incluso los mercenarios Vasharas mantenían cierto tipo de orden. Se podía sentir la tierra temblando bajo sus pisadas, el choque de metal contra metal, el cuero rozando la piel y las armas.



Los arqueros de Lady Aryse lanzaron la primera andanada de flechas. Muchos de los hombres de Blekka cayeron, pero ninguno aminoró la marcha. Los truenos sonaron en la distancia, pero parecían tímidas estrellas en una noche de Luna llena. Los arqueros lanzaron una segunda y una tercera ronda de flechas. Entonces todo se hizo oscuridad. El Sol pareció ocultarse y Lady Aryse comprendió sus más profundos temores. En el cielo, frente a ella, oscureciendo el día estaba una pareja de Wyverns. Dos enormes leviatanes de color negro con garras color bronce y una enorme punta azul y venenosa al final de sus colas. En la nuca de cada bestia un nigromante. Ambos vestían la típica túnica negra con el símbolo de la Luna Oscura en la cimera. Mesayla fue el primero en reaccionar.

-  Arqueros! Olviden a las tropas! Disparen a las bestias, derriben esas aberraciones! Apunten a los Nigromantes! No pueden protegerse y controlar a los Wyverns al mismo tiempo!

Taari el Viejo continuó dando órdenes pero la confusión ganó unos momentos valiosos a favor de las huestes de Dhangor Blekka y sus bestias de guerra. Dos escuadrones de caballería fueron dispuestos para proteger a los arqueros, los hombres trataron de mantener la formación de águila, pero un par de claros se hicieron evidentes para el enemigo. En esos claros concentraron su ataque los capitanes de Blekka, mientras los Wyverns atacaban al resto de la caballería y a la vanguardia donde la propia Lady Aryse luchaba por mantenerse con vida sobre Dragonmane. Entonces cayeron sobre ellos los mercenarios Vasharas. Semi-desnudos llenos de tatuajes, de espaldas enormes y fuertes brazos, luchaban con mazas y hachas de guerra mientras cantaban canciones de cuna. Así las madres Vasharas preparaban a sus hijos para la guerra. Sus canciones de cuna hablaban de sangre, muerte y destrucción.

Pheshog contraatacó con sus cuatro compañías de piqueros y un escuadrón de caballería, por algunos momentos su ataque tuvo efecto y los Vasharas vacilaron, pero entonces los Wyverns volvieron a barrer con su cola el campo y la mitad de los hombres de Pheshog perecieron o quedaron heridos.

Fue entonces cuando el bravo Mesayla realizó la proeza por la que siempre sería recordado. Tomó su arco élfico y apunto utilizando el aventajado sentido de la vista que había heredado de su madre. Con una flecha de abedul y punta de plata atravesó el corazón de uno de los nigromantes. El mago oscuro murió en el acto y el Wyvern macho se vio liberado del hechizo que lo mantenía mentalmente esclavizado.

El monstruo cayó a tierra matando guerreros de ambos bandos. Luego remontó el vuelo y atacó a su hembra, para derribar al otro nigromante que, utilizando sus últimas fuerzas, logró desaparecer y huir así de la batalla.

Mesayla sonrió y orgulloso buscó la mirada de Lady Aryse. Ese fue su error. Dos guerreros de Dhangor Blekka lo atravesaron con sus espadas y un Vasharas le hundió el cráneo con su mazo. Así terminaron los gloriosos días de Mesayla, el pequeño gigante. Lady Aryse gritó, gritó con todas sus fuerzas y entonces dio rienda suelta a su dolor. El miedo desapareció y la ira tomó su lugar, una ira incontenible que la llenó de fuerza y determinación.

El viejo Taari logró reordenar el flaco derecho y cayó sobre los desconcertados Vasharas que consideraban un terrible presagio la huida de los Wyverns. Los capitanes de Blekka trataron de contenerlos, pero finalmente comenzaron a huir en desbandada. Muchos corrían gritando “¡bellura selflia!” seguros del inminente ataque de una hueste élfica.

Lady Aryse cortaba y tronchaba a ambos lados de su montura y Dragonmane arrollaba a todo el que se cruzara en su camino. La melena roja de Aryse estaba salpicada se sangre y eso le daba un aspecto más aterrador, muchos retrocedían al verla y sólo algunos seguían intentando derribarla. Con la mirada buscaba a Blekka, quería luchar con él, hacerle pagar por la muerte de Mesayla y de tantos de sus hombres. Pero el enemigo no aparecía por ninguna parte. De pronto giró y se encontró chocando su espada, Gilandar, contra la espada de Pheshog.

-     Están huyendo mi Lady – el campo es nuestro.

Ella sonrió. Pheshog le respondió con otra sonrisa, sólo para mirar horrorizado como sangraba el costado de su Lady Aryse. Un gran tajo recorría el torso de la dama desde la axila hasta la cadera y la sangre manchaba sus ropas y la cruz de Dragonmane. Fue lo último que vio Lady Aryse ese día. El terror en la mirada de Pheshog y luego sólo oscuridad. Sus guardias la bajaron de Dragonmane que pareció entender y no reaccionó ante la ausencia de su jinete. Dócilmente se dejó llevar por Pheshog hasta el campamento.

Ese día no hubo canciones. No hubo celebraciones. No hubo festín ni cerveza de brezo. Eran demasiado los muertos. Los amigos caídos llenaban de tristeza los corazones de los vencedores. La pérdida de Mesayla sumió a las tropas en una profunda tristeza y muchos veteranos lloraron en silencio. Los que no lloraban a Mesayla, elevaban sus pensamientos a los dioses y a sus ancestros, para que protegiesen la vida y la salud de su señora, Lady Aryse Stormglance que se debatía entre este mundo y el de los ancestros.