lunes, 15 de agosto de 2011

Sobre trabajos y vocaciones

Los espías, como los dioses, trabajan entre templos, ciudades y coronas. Pero la dedicación de unos es la perdición de otros.

lunes, 7 de marzo de 2011

ELLA


Hoy traté de conversar con ella. Una hembra formidable. Dijo conocerme de antes. Yo no supe que decirle, pues su apariencia se me antojaba bastante común entre las de su tipo.

Su flagrante desnudez no me desagradó, pero tampoco me alteró demasiado. Sus ojos, inquietos, me detallaron en un fugaz recorrido. Luego se acercó y comenzó a contorsionarse. Imagino que para acaparar mi atención.

Llovía. La luz que entraba por la ventana era tenue y plomiza. Sin embargo, el ruido de la lluvia parecía reverberar sobre sus pasos y el color de su tez se enfatizaba con aquella penumbra diurna.

Yo comencé a preguntarle sobre su vida. Como no contestaba, inicié algunos comentarios sobre la mía. Le señalé qué, más allá del criterio cronológico, me sentía confuso, al percibirme joven y anciano en yuxtaposición.

Ella seguía en silencio. Yo me callé y decidí esperar.

Entonces, ella se aproximó. Realizó un primer contacto con mi mano. Fugaz, casi imperceptible. Retrocedió. Pero imagino que al verme relajado decidió aventurarse. El contacto con mi mano me sorprendió bastante. Fue casi tímido, muy débil como sensación táctil. Pero su efecto en mis otros sentidos fue muy significativo.

Nos mantuvimos en tensión. Creo que transcurrió casi un minuto. Entonces atacó. Lo demás fueron gritos y contorsiones. Mi respiración se tornó entrecortada y espasmódica. Mis pulmones se hicieron pequeños y el aire comenzó a parecerme inútil y escurridizo.

Ella se apartó y huyó. No ... sólo se alejó para observar, mientras el veneno me entumecía y me paralizaba hasta darme muerte.

Aparecieron otros alacranes. Pero sólo ella permaneció tranquila, emocionada, victoriosa, al pie de la grieta en la pared.

Romance de la novia quemada


Tras las flamas dolorosas
de hechizo y odio salvaje
el ardor incineró en un instante
lo que antes días fue caro celo
se disipó bajo el cielo
lo que mis ojos más desearon
de ver los tuyos abiertos
sólo dos cuencas quedaron
para anegarse en mi llanto, que llora
vacías y aterradoras,
de verte como no puedo

Pero mi lágrima es sombra
y se desvanece en el tiempo
mientras tus dientes florecen
contra la ceniza,
tercos
y así convertida en tizón
que sólo suplica entierro
tu sonrisa como hacha ardiente
eternamente ríe al cielo

sábado, 8 de enero de 2011

Athaloch's hill

Athaloch rode down the hilltop. It was a leaden morning. Sun appeared very shy for a moment then it hid behind great gloom dark clouds. The grass was very moist and it made him remember those last summer weeks among his people. Few days ago that same smell invited small animals to go out their dens and look for food before great predators awake.

He rode down to the base of the hill. They were waiting for him. The seven thunders of Gryna. In perfect formation, the sons of death ask him to be imprudent. Charge on them would only lead him to a trap. It was wiser to wait.

(Illegible part, because of burnings and cracks on the manuscript)

Anyway, death was for sure the most probable result of facing those semi-human creatures with purple eyes and nauseating breath. The seven thunders had been waiting all night. Their mission was to destroy that young lad with enraged look and sullen temper that was enough brave or maybe mad to challenge the goddess will.

Athaloch left his home once, when he saw the burning of the city of Tloë, even if he never rode close to the city.

(Another unreadable part that ends with “… the wrath of the goddess of the dark world”)

It was another destiny ahead on his life. He found it in a small village near to the Leigh Daar. The seven thunders of Gryna had been turning a green and blooming valley into an unbreathable waste. People were starving to death and very few children did survive their fourth birthday. Many babies did born already dead. However, the people from Khela were determined to not abandon their homes and die in their ancestor’s lands before thinking on escape from the seven demons lurking around their town day after day.

There in Khela, Athaloch realized that fate had brought him to help those brave peasants. After many years living among the wolves in Gywrd Mountains, he understood fellowship meant for humans. I addition, his will has no longer his will. He lost it in the eyes of a young girl from Khela. Thenay-Lu was beautiful, the most beautiful creature he has ever seen among the living creatures of the world. His heart was buried in Khela from the first moment he saw her that summer afternoon when he crossed the doors of the village.

Athaloch gave a soft slap to his horse’s neck. The formidable equine was sweaty and tense. Athaloch’s thoughts flew to her. He drew his sword, took the battle-ax in his left hand and raised both arms. That was the sign. The seven thunders howl and throw themselves over the warrior.

Three days after, some of the men from Khela, twelve of them arrived to the battlefield. With them also came Thenay-Lu. There was no blood. There were neither bones nor signs of violence. They just found a huge old white wolf groaning over a broken sword. None ever saw the seven thunders again. In time, the valley lands recovered its green. People from Khela were farming again. Thenay-Lu went to live in a nearby hill. She built a hut with some help of the youngsters from Khela. There she waited for her last day always accompanied by Garrna the great white wolf she found where she expected to find the corpse of Athaloch. The people from Khela began to call her the Athaloch-mawr maiden.

Nothing more was ever known about the young warrior, but the people from Khela always talk and swear about how every year when fall begins they can hear the war cry from Athaloch fighting against the seven thunders of Gryna.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Honor decembrino a JRR Tolkien



Oh Gondolin, ciudad resplandeciente
vacía hoy, en ruinas, sin gente
sólo recuerdos del pasado glorioso,
de las trompetas y el mithril
Turgon no reina en tí ya,
tus muros no hacen eco de su voz
los bravos ejércitos élficos
no cruzan altivos tus puertas
no entonan sus cantos los primeros nacidos
el hado de Beleriand parece perdido
la pestilencia del orco te inunda
el horror del Balrog puebla tus montañas
quien salvó a tu señor delató tus murallas
¡Oh Húrin! el brazo del valiente,
los gritos del desesperado imprudente
los oscuros poderes del norte
siguen fuertes y al acecho
sus enviados asesinan hombres y elfos
aún el elfo da muerte a su propio linaje
el aire apesta a odios y venganzas
muerte, llanto y desesperanza,
sólo eso queda ¡Oh Gondollin!

martes, 12 de octubre de 2010

Sag Ymath Enyë Aramat (Final)

El día amaneció con un Sol mortecino. Opacado por oscuros nubarrones, el gran astro parecía luchar desesperadamente por brindar un poco de luz al valle de Tloë. Las aves no entonaron sus cantos matutinos. Los animales no salieron de sus madrigueras y refugios. El viento no agitó las ramas de los árboles y ni siquiera el agua de los ríos parecía moverse. Un olor a sangre y desesperanza se adueñó del aire. El mundo se rendía ante los poderes de Aikhas. Al menos eso parecía.

El asedio comenzó temprano. Las tropas de Neraya rodeaban la colina donde se levantaba Myrvadiel. La Dama se acercó a la muralla exterior para observar al enemigo. Ahí estaba el soberano de Tloë. Sus legiones esperaban. Ansiosas por presenciar la destrucción del Castillo, lanzaban gritos de guerra intentando provocar una salida de los sitiados. Neraya estaba impaciente. Intercambiaba miradas inteligentes con su heraldo cuando un fuerte viento anunció la llegada del amo de Sigart-Qyan. Aramat retrocedió un paso.

El nigromante apareció de improviso. Sus sesenta guerreros se acercaron en silencio a las puertas del Castillo y formaron un semicírculo. Aikhas se colocó en el centro. Desde esa posición pidió hablar con la Dama del Castillo. No habló, entonó un cántico que sólo Aramat comprendió. La Dama respondió con otro cántico que rechazaba las demandas de Aikhas y lanzaba un reto. Un reto de poder. La magia más antigua se enfrentaba al gran poder acumulado por Aikhas a través de peligrosas pruebas y grandes sacrificios. Se iniciaba una lucha de armas intangibles y efectos devastadores. La magia más poderosa sería liberada en un combate sin cuartel que debía conducir a la destrucción de uno de los dos contendientes.

Aikhas se sentía seguro y todopoderoso. Vencería sin duda y arrasaría el Castillo y todo el valle de Korë. Aramat sentía miedo, pero sabía que podía enfrentar al hechicero. Al menos durante cierto tiempo. Su victoria no dependía solamente de ella. Fhen no aparecía y eso la asustaba.

El enfrentamiento se desató con toda su furia. La tierra se estremeció. Los caballos se atemorizaron, algunos lanzaron a sus jinetes y huyeron despavoridos. El viento arrancaba muchos árboles de raíz, mientras aullaba como un enorme chacal hambriento.

Las tropas de Neraya miraban a su Señor esperando una orden, una señal. Pero Neraya sólo esperaba. De pronto un canto dulce pero firme se levantó desde el interior del Castillo. Las sacerdotisas de Myrvadiel acudían para ayudar a su Señora. Como respuesta los sesenta guerreros de Aikhas alzaron sus martillos de guerra y comenzaron a girarlos sobre sus cabezas. Un canto oscuro y malévolo se levantó contra las voces de Myrvadiel. Neraya y sus hombres sintieron tanto terror que se estremecieron como niños asustados. Sentían que aquel canto arañaba su cordura y les arrancaba trozos de alma. Almir era el único que permanecía incólume, atento a lo que sucedía. Neraya lo miraba inquisitivo, pero ajeno a sus intenciones.

Los cánticos aumentaron en intensidad. El combate se hizo cada vez más violento. Contendientes y espectadores sabían que se acercaba el final. Aramat comenzó a sentir la cercanía de la derrota. Sus poderes se debilitaban y los de Aikhas comenzaban a hacerla retroceder. Fhen apareció frente a la Dama. Su mirada delataba lo que Aramat tanto temía. Se cumpliría la maldición de Aklon: Cuando una Dama del Castillo se niegue a cumplir mis designios, su propio hijo será la causa de la destrucción de Myrvadiel, y las sombras se instalarán dentro de sus murallas.

- He fallado Aramat- fue lo único que alcanzó a decir el viejo lobo.

La Dama lanzó un grito de dolor, la magia de Aikhas comenzaba a vencerla. Las defensas del Castillo comenzaban a ceder y su fuerza vital comenzaba a abandonarla. Las almenas comenzaron a derrumbarse. Algunas rocas hirieron a las gentes del Castillo. Aramat llamó a sus capitanes y comenzó a dar órdenes. Debían organizar una salida para darle tiempo a los habitantes de Myrvadiel de abandonar el Castillo, sin ser perseguidos por las tropas de Neraya. Los Hörni iniciarían el ataque, luego saldrían las tropas del Castillo y harían todo el daño posible a los invasores. Esto daría tiempo suficiente para que los habitantes escaparan a los poderes de Aikhas y a la ira de Neraya.

Los arqueros tomaron posiciones y los arcos se tensaron en sus manos. Las tropas del Castillo se ubicaron tras las puertas, esperando una señal. Aramat ya no podía soportar los ataques de Aikhas y su luz comenzaba a extinguirse. Una flecha cruzó el espacio y atravesó el cuello de un capitán de Neraya. Decenas de flechas cayeron sobre las desprevenidas y confiadas fuerzas del ahora Señor de Tloë. Muchos murieron sin percatarse de la razón. Las puertas de Myrvadiel se abrieron y las tropas del Castillo se lanzaron sobre los sitiadores. La sorpresa les dió cierta ventaja, pero el número de las huestes de Neraya pronto se hizo sentir. Sin embargo, las legiones del hijo de Uruwya sufrieron grandes pérdidas y muchos huyeron en desorden. Neraya pidió ayuda a Aikhas, pero el hechicero empleaba todo su poder contra Aramat. La Dama estaba agotada y sus tropas comenzaban a sucumbir ante las legiones de Neraya, cuando una fuerza sobrenatural cayó sobre la retaguardia de los sitiadores.

Un gigante, con un refulgente mazo de guerra tronchaba y destrozaba regimientos completos. Sus gritos atemorizaban a los guerreros de Neraya y su rostro desencajado mostraba más locura que valor. Era Ymath. Como un desesperado se abría paso hacia las murallas del Castillo. Las tropas de Myrvadiel recobraron su entusiasmo y cada uno de sus integrantes entregó la vida no sin llevarse muchas cabezas enemigas. Ymath atravesó las tropas de Neraya y llegó al semicírculo de los guardias de Aikhas. Destrozó el cráneo de cuatro de ellos. Pero era tarde. Aramat, sintiéndose abandonada, aceptó el llamado del Guardián. El brillo abandonó sus ojos y su magia se unió con su espíritu en el vientre del gran tháleka de alas negras. Myrvadiel comenzó a derrumbarse y los defensores comprendieron que había llegado el fin. Fhen se desvaneció en el aire, ante el estupefacto rostro de Ymath. Piernas de Sauce, había llegado tarde.

Por su parte, Aikhas estaba agotado. La ruptura del semicírculo de su guardia le restaba muchas fuerzas y no podía perseguir al Guardián para capturar a Aramat. El gigante giró sobre sí para buscar al hechicero y destruirlo, aún cuando esto le costara la vida. Pero los guardias de Aikhas se interpusieron entre Ymath y el hechicero, dándole a este último el tiempo necesario para recuperar alguna fuerza y entonar un hechizo que lo transportase a su fortaleza en Sigart-Qyan. Ymath acabó con la guardia pero no alcanzó al mago. Al mismo tiempo, se cumplía otra parte del plan de Aikhas. Almir, hechizado desde tiempo atrás acometía contra Neraya y le hundía una gran daga en el pecho. Atravesando su corazón, segó su vida en un instante.

Al ver morir a su rey, los capitanes del ejército sitiador iniciaron una desordenada retirada, no sin antes decapitar al traidor que, enloquecido, se lanzó contra las huestes de Neraya. Ymath los persiguió hasta las puertas de Tloë, destrozando, matando y hundiendo cráneos a su paso. Se detuvo ante las puertas de la ciudad al ver que las gentes de Luadan y de las villas cercanas, armadas con sus instrumentos de trabajo, arcos largos y algunas espadas habían tomado la desprotegida ciudad y ahora acababan con los restos del ejército de Neraya, que regresaba exhausto y atemorizado.

Nadie volvió a ver a Ymath en el valle de Tloë. Una de las Tyëninn, aquella cuyo corazón pertenecía a Piernas de Sauce, murió de pena en el verano siguiente cuando entendió que su amado no aparecería más nunca cerca del lago. Meses más tarde, un pariente de Allochar venido del Oeste, fue coronado Rey de Tloë. Myrvadiel se convirtió en un sitio oscuro y tenebroso. Se dice que el fantasma de Neraya persigue al alma de su heraldo entre las sombras, condenados ambos a pagar sus culpas en una incansable y eterna venganza. En Luadan todos recuerdan con tristeza a Piernas de Sauce. Los más ancianos dicen que un pastor lo vio lanzarse al acantilado, en el abismo de Oryck. Destrozado, culpándose por la desaparición de su padre y su hermana decidió acompañarlos al mundo de los muertos. Otros dicen que bajó por el risco, que cruzó el mar de Nemria, que viajó hacia Sigart-Qyan en busca de venganza y que su destino, el de Aramat y el del propio Aikhas, volvieron a encontrarse más allá del Istmo de Dorn-ke. Pero eso es parte de otra historia.

martes, 7 de septiembre de 2010

Bedtime story

Another night and she’s still away. I just cannot remember when she really left.

I can see her picture from here. It remains up there on the table. It looks like it was taken thousands years ago. Nevertheless, time seems to forgive that picture.

It is a quiet night. But it’s really cold.

Yes. It is a quiet night. That’s why I sleep here, under the bed. So I will not disturb her in her sleep, wherever she is.