lunes, 27 de diciembre de 2010

Honor decembrino a JRR Tolkien



Oh Gondolin, ciudad resplandeciente
vacía hoy, en ruinas, sin gente
sólo recuerdos del pasado glorioso,
de las trompetas y el mithril
Turgon no reina en tí ya,
tus muros no hacen eco de su voz
los bravos ejércitos élficos
no cruzan altivos tus puertas
no entonan sus cantos los primeros nacidos
el hado de Beleriand parece perdido
la pestilencia del orco te inunda
el horror del Balrog puebla tus montañas
quien salvó a tu señor delató tus murallas
¡Oh Húrin! el brazo del valiente,
los gritos del desesperado imprudente
los oscuros poderes del norte
siguen fuertes y al acecho
sus enviados asesinan hombres y elfos
aún el elfo da muerte a su propio linaje
el aire apesta a odios y venganzas
muerte, llanto y desesperanza,
sólo eso queda ¡Oh Gondollin!

martes, 12 de octubre de 2010

Sag Ymath Enyë Aramat (Final)

El día amaneció con un Sol mortecino. Opacado por oscuros nubarrones, el gran astro parecía luchar desesperadamente por brindar un poco de luz al valle de Tloë. Las aves no entonaron sus cantos matutinos. Los animales no salieron de sus madrigueras y refugios. El viento no agitó las ramas de los árboles y ni siquiera el agua de los ríos parecía moverse. Un olor a sangre y desesperanza se adueñó del aire. El mundo se rendía ante los poderes de Aikhas. Al menos eso parecía.

El asedio comenzó temprano. Las tropas de Neraya rodeaban la colina donde se levantaba Myrvadiel. La Dama se acercó a la muralla exterior para observar al enemigo. Ahí estaba el soberano de Tloë. Sus legiones esperaban. Ansiosas por presenciar la destrucción del Castillo, lanzaban gritos de guerra intentando provocar una salida de los sitiados. Neraya estaba impaciente. Intercambiaba miradas inteligentes con su heraldo cuando un fuerte viento anunció la llegada del amo de Sigart-Qyan. Aramat retrocedió un paso.

El nigromante apareció de improviso. Sus sesenta guerreros se acercaron en silencio a las puertas del Castillo y formaron un semicírculo. Aikhas se colocó en el centro. Desde esa posición pidió hablar con la Dama del Castillo. No habló, entonó un cántico que sólo Aramat comprendió. La Dama respondió con otro cántico que rechazaba las demandas de Aikhas y lanzaba un reto. Un reto de poder. La magia más antigua se enfrentaba al gran poder acumulado por Aikhas a través de peligrosas pruebas y grandes sacrificios. Se iniciaba una lucha de armas intangibles y efectos devastadores. La magia más poderosa sería liberada en un combate sin cuartel que debía conducir a la destrucción de uno de los dos contendientes.

Aikhas se sentía seguro y todopoderoso. Vencería sin duda y arrasaría el Castillo y todo el valle de Korë. Aramat sentía miedo, pero sabía que podía enfrentar al hechicero. Al menos durante cierto tiempo. Su victoria no dependía solamente de ella. Fhen no aparecía y eso la asustaba.

El enfrentamiento se desató con toda su furia. La tierra se estremeció. Los caballos se atemorizaron, algunos lanzaron a sus jinetes y huyeron despavoridos. El viento arrancaba muchos árboles de raíz, mientras aullaba como un enorme chacal hambriento.

Las tropas de Neraya miraban a su Señor esperando una orden, una señal. Pero Neraya sólo esperaba. De pronto un canto dulce pero firme se levantó desde el interior del Castillo. Las sacerdotisas de Myrvadiel acudían para ayudar a su Señora. Como respuesta los sesenta guerreros de Aikhas alzaron sus martillos de guerra y comenzaron a girarlos sobre sus cabezas. Un canto oscuro y malévolo se levantó contra las voces de Myrvadiel. Neraya y sus hombres sintieron tanto terror que se estremecieron como niños asustados. Sentían que aquel canto arañaba su cordura y les arrancaba trozos de alma. Almir era el único que permanecía incólume, atento a lo que sucedía. Neraya lo miraba inquisitivo, pero ajeno a sus intenciones.

Los cánticos aumentaron en intensidad. El combate se hizo cada vez más violento. Contendientes y espectadores sabían que se acercaba el final. Aramat comenzó a sentir la cercanía de la derrota. Sus poderes se debilitaban y los de Aikhas comenzaban a hacerla retroceder. Fhen apareció frente a la Dama. Su mirada delataba lo que Aramat tanto temía. Se cumpliría la maldición de Aklon: Cuando una Dama del Castillo se niegue a cumplir mis designios, su propio hijo será la causa de la destrucción de Myrvadiel, y las sombras se instalarán dentro de sus murallas.

- He fallado Aramat- fue lo único que alcanzó a decir el viejo lobo.

La Dama lanzó un grito de dolor, la magia de Aikhas comenzaba a vencerla. Las defensas del Castillo comenzaban a ceder y su fuerza vital comenzaba a abandonarla. Las almenas comenzaron a derrumbarse. Algunas rocas hirieron a las gentes del Castillo. Aramat llamó a sus capitanes y comenzó a dar órdenes. Debían organizar una salida para darle tiempo a los habitantes de Myrvadiel de abandonar el Castillo, sin ser perseguidos por las tropas de Neraya. Los Hörni iniciarían el ataque, luego saldrían las tropas del Castillo y harían todo el daño posible a los invasores. Esto daría tiempo suficiente para que los habitantes escaparan a los poderes de Aikhas y a la ira de Neraya.

Los arqueros tomaron posiciones y los arcos se tensaron en sus manos. Las tropas del Castillo se ubicaron tras las puertas, esperando una señal. Aramat ya no podía soportar los ataques de Aikhas y su luz comenzaba a extinguirse. Una flecha cruzó el espacio y atravesó el cuello de un capitán de Neraya. Decenas de flechas cayeron sobre las desprevenidas y confiadas fuerzas del ahora Señor de Tloë. Muchos murieron sin percatarse de la razón. Las puertas de Myrvadiel se abrieron y las tropas del Castillo se lanzaron sobre los sitiadores. La sorpresa les dió cierta ventaja, pero el número de las huestes de Neraya pronto se hizo sentir. Sin embargo, las legiones del hijo de Uruwya sufrieron grandes pérdidas y muchos huyeron en desorden. Neraya pidió ayuda a Aikhas, pero el hechicero empleaba todo su poder contra Aramat. La Dama estaba agotada y sus tropas comenzaban a sucumbir ante las legiones de Neraya, cuando una fuerza sobrenatural cayó sobre la retaguardia de los sitiadores.

Un gigante, con un refulgente mazo de guerra tronchaba y destrozaba regimientos completos. Sus gritos atemorizaban a los guerreros de Neraya y su rostro desencajado mostraba más locura que valor. Era Ymath. Como un desesperado se abría paso hacia las murallas del Castillo. Las tropas de Myrvadiel recobraron su entusiasmo y cada uno de sus integrantes entregó la vida no sin llevarse muchas cabezas enemigas. Ymath atravesó las tropas de Neraya y llegó al semicírculo de los guardias de Aikhas. Destrozó el cráneo de cuatro de ellos. Pero era tarde. Aramat, sintiéndose abandonada, aceptó el llamado del Guardián. El brillo abandonó sus ojos y su magia se unió con su espíritu en el vientre del gran tháleka de alas negras. Myrvadiel comenzó a derrumbarse y los defensores comprendieron que había llegado el fin. Fhen se desvaneció en el aire, ante el estupefacto rostro de Ymath. Piernas de Sauce, había llegado tarde.

Por su parte, Aikhas estaba agotado. La ruptura del semicírculo de su guardia le restaba muchas fuerzas y no podía perseguir al Guardián para capturar a Aramat. El gigante giró sobre sí para buscar al hechicero y destruirlo, aún cuando esto le costara la vida. Pero los guardias de Aikhas se interpusieron entre Ymath y el hechicero, dándole a este último el tiempo necesario para recuperar alguna fuerza y entonar un hechizo que lo transportase a su fortaleza en Sigart-Qyan. Ymath acabó con la guardia pero no alcanzó al mago. Al mismo tiempo, se cumplía otra parte del plan de Aikhas. Almir, hechizado desde tiempo atrás acometía contra Neraya y le hundía una gran daga en el pecho. Atravesando su corazón, segó su vida en un instante.

Al ver morir a su rey, los capitanes del ejército sitiador iniciaron una desordenada retirada, no sin antes decapitar al traidor que, enloquecido, se lanzó contra las huestes de Neraya. Ymath los persiguió hasta las puertas de Tloë, destrozando, matando y hundiendo cráneos a su paso. Se detuvo ante las puertas de la ciudad al ver que las gentes de Luadan y de las villas cercanas, armadas con sus instrumentos de trabajo, arcos largos y algunas espadas habían tomado la desprotegida ciudad y ahora acababan con los restos del ejército de Neraya, que regresaba exhausto y atemorizado.

Nadie volvió a ver a Ymath en el valle de Tloë. Una de las Tyëninn, aquella cuyo corazón pertenecía a Piernas de Sauce, murió de pena en el verano siguiente cuando entendió que su amado no aparecería más nunca cerca del lago. Meses más tarde, un pariente de Allochar venido del Oeste, fue coronado Rey de Tloë. Myrvadiel se convirtió en un sitio oscuro y tenebroso. Se dice que el fantasma de Neraya persigue al alma de su heraldo entre las sombras, condenados ambos a pagar sus culpas en una incansable y eterna venganza. En Luadan todos recuerdan con tristeza a Piernas de Sauce. Los más ancianos dicen que un pastor lo vio lanzarse al acantilado, en el abismo de Oryck. Destrozado, culpándose por la desaparición de su padre y su hermana decidió acompañarlos al mundo de los muertos. Otros dicen que bajó por el risco, que cruzó el mar de Nemria, que viajó hacia Sigart-Qyan en busca de venganza y que su destino, el de Aramat y el del propio Aikhas, volvieron a encontrarse más allá del Istmo de Dorn-ke. Pero eso es parte de otra historia.

martes, 7 de septiembre de 2010

Bedtime story

Another night and she’s still away. I just cannot remember when she really left.

I can see her picture from here. It remains up there on the table. It looks like it was taken thousands years ago. Nevertheless, time seems to forgive that picture.

It is a quiet night. But it’s really cold.

Yes. It is a quiet night. That’s why I sleep here, under the bed. So I will not disturb her in her sleep, wherever she is.

De Ymath y Aramat (Parte 7)

Ymath despertó con los músculos entumecidos, mareado y con la boca seca. No recordaba bien lo que había ocurrido. Oscurecía. Fhen se acercó a su rostro y lo llamó por su nombre. Entonces comenzó a recordar, la ira se apoderó de su espíritu. Se levantó y se abalanzó sobre el lobo. Pero sus piernas no respondieron del todo bien, dio un traspié y cayó de bruces contra el suelo. El lobo se apartó y lo dejó caer para protegerse de su ira. Tenía que hablarle sobre sus orígenes, sobre Myrvadiel y los lazos de sangre que lo unían con la Dama del Castillo. Ymath se levantó de nuevo, los ojos llenos de lágrimas y el corazón de dolor. No podía dañar a Fhen, pero tampoco podría perdonarle. Entonces Fhen le habló.

- Sé que te sientes traicionado mi buen amigo, pero todo tiene su razón. Sólo te pido que me escuches. Si cuando termine, todavía el odio aguijonea tu espíritu, puedes destruirme. Pero déjame decir aquello que debo decir.

Ymath accedió. Entonces Fhen le habló de la casa real de Myrvadiel. De la ley impuesta por Aklon, último Señor del Castillo, cuyos hijos varones se dieron muerte entre sí, para decidir quién sucedería a su padre en el trono. Desde aquel tiempo sólo las mujeres heredaban el dominio sobre el Castillo y sus poderes. Los hijos varones de la casa real eran asesinados al nacer. Pero la madre de Ymath no soportó el dolor cuando debía cumplir con la ley de Aklon. Encomendó al padre de los gemelos que lo dejase en las laderas de los montes de Pyr. El hombre accedió, pero únicamente bajo la condición de ser transformado en una bestia que pudiera acompañar al niño, protegerlo y asegurarle el sustento. Sin embargo, su vida dependía de la suerte de los gemelos. La muerte lo atraparía cuando alguno de los dos abandonase el mundo. Fhen era el padre de Ymath y su hermana gemela, Aramat, era la Dama de Myrvadiel. Su alma se hallaba guardada en el vientre del Guardián, un tháleka de alas negras.

Ymath no estaba preparado para aquellas noticias. Se había acostumbrado a ser un hombre libre y solitario. Unicamente responsable de su sustento y de acompañar a las Tyëninn durante el verano. Ahora su hermana estaba amenazada por un maligno hechicero. Su padre había sido un gran Señor, pero ahora era un viejo lobo gris que podía morir, si Aramat o él mismo fallecían. En su familia también habitaba la magia.

- No soy parte de ese destino- dijo finalmente.

- Si lo eres- le repuso el lobo.

- No! No lo soy!!

Piernas de sauce se incorporó y comenzó a caminar hacia las alturas de Pyr. Fhen no intentó detenerlo. Sabía que había fracasado.

sábado, 14 de agosto de 2010

Footwearing chat

Is not that hard to talk with a shoe, the terrible part on that is to wait in despair for it to respond

Rain

The rain is like your footsteps, repeated a myriad times, far from the center of my desert.

sábado, 7 de agosto de 2010

CUENTO DE CAMA

Otra noche sin ella. No recuerdo cuanto ha pasado desde que se fué.

Desde aquí veo su fotografía. Sigue allá arriba en la mesa. Fue tomada hace miles de años. Sin embargo, el tiempo parece perdonarla.

La noche está tranquila. Pero hace frío.

Sí, es una noche tranquila. Por eso duermo aquí, debajo de la cama. Así no perturbaré su sueño dondequiera que esté.